El amor divino para el ser humano – parte tercera

Buenos días, hermanas y hermanos:
Voy a darles la tercera conferencia sobre ‘El amor divino para el ser humano’.
Esta mañana voy a adentrarme en cierta medida en los sistemas filosóficos, y eso quiere decir: mostrarles la ley de amor, por la sociedad, por la vida y la muerte, por el pensamiento, por los sentimientos y por los actos de ustedes.
El macrocosmos lo hemos vivido, hemos seguido los planetas y poco a poco regresamos a la tierra para completar el ciclo para este mundo, para acceder después a las esferas de luz.
Esta mañana vivirán que cada acto equivocado los frena de inmediato, que construye una imagen que es una sombra, una esfera nebulosa.
Y si aceptan la violencia cruda, la mentira, el engaño, el odio y sobre todo la destrucción —el asesinato es eso—, entonces estarán, naturalmente, ante la desintegración, la disarmonía; no ante su conciencia social, sino su yo espacial, su personalidad divina.
La siguiente conferencia versa y trata —según les dije— sobre las cosas personales que concedemos a un acto, a una acción, a un estado, después de lo cual la personalidad se hace ver para todos esos millones de leyes y grados de vida.
Y eso ustedes —tendrán que aceptarlo, lo van a ver—, eso lo tienen ustedes en sus propias manos, y pueden construirlo por medio de la vida.
Porque esa es la intención.
Una y otra vez regresaba desde la primera esfera a la tierra para mostrarles las imágenes de cómo será y llegará a ser en realidad la personalidad espiritual con respecto a la tierra.
Vivimos unos instantes el Omnigrado, pero aquí, en el ser humano sobre la tierra vive la conciencia divina, aunque ahora todavía es inconsciente.
El ser humano no sabe —ya se lo expliqué— cómo puede aceptar, experimentar el Dios de todo lo que vive, el Padre de amor.
Piensa que puede alcanzar esa esfera rezando, por la Biblia, yendo a la iglesia y pensando bien, para después tomar posesión de ella detrás del ataúd; pero así no es.
Lo que hace falta para ello es impresionante, una lucha a vida y muerte, eso ya lo sintieron por medio de los libros.
Gerhard, el cochero, llega al otro lado, es una buena persona, pero aún no ha vivido el grado espiritual para el acto, para la acción.
Y en la primera esfera todo es conciencia en el amor.
Por el amor hemos llegado a tener el sentimiento para la paternidad y maternidad.
¿Qué es el amor?
Les he aclarado, y eso ustedes lo pueden aceptar, tienen que aceptar que el acto, el ser uno, el parto y la creación divinas se ubican al margen del ser humano.
Como si dijéramos: ustedes lo viven, pero en el fondo no controlan ese cosmos, esa creación, aunque sea su posesión.
Porque —eso lo hemos tenido que aceptar— con esa esencia no avanzan ni un solo paso, aunque den a luz y creen.
No los hace despertar, solo los conduce a un grado corporal más elevado que posee la tierra.
Y eso es el planeta.
Es la posesión maternal de cara al macrocosmos —intúyanlo bien— que ha recibido la tierra por ser parte del sol y de la luna, eso lo hemos vivido todos.
Pero ahora los sistemas de la tierra que el ser humano tiene que vencer, a los que ser humano tiene que dar forma, conciencia, si el ser humano quiere dilatar su personalidad divina por el amor.
Y ese es, pues, todo el problema.
Toqué la Biblia, fui al Antiguo Egipto, fui a los templos.
Y ahora pueden hacer lo que quieran, pueden vivir con toda la santidad que quieran, si es que les interesa; seguirán detenidos si el acto, la acción, solo está enfocada para la religión.
Si el ser humano... ven ustedes a esas personas..., hemos captado y aceptado a los curas, a los obispos, a los eruditos, y hemos tenido que convencerlos.
Y ¿qué hicieron ustedes allí?
¿Para qué pensamiento entregan ustedes su vida?
¿Qué han conseguido allí, pues?
Han vivido su religión, su Dios, pero al verdadero Dios jamás lo han conocido.
Rezaron, oficiaron su misa, tuvieron, ciertamente, una vida imponente, pero aun así siguen en la tierra crepuscular.
¿Por qué?
Escuchen cómo lloran esas criaturas.
Buscan a Cristo, buscan a Dios, desean tener a Cristo, desean tener al Dios de amor, pero este no existe, porque lo son ellas mismas.
¿Cómo puede aceptar esto el ser humano?
¿Cómo pueden vivir esto?
Que el maestro diga: el Dios de amor vive en ustedes, y aquel al que han deseado vivir en la tierra, ese, ese no existe.
Eso se lo he contado, se lo he explicado.
Pero esto va a ser el Dios universal para todo lo que vive en el macrocosmos.
Cada secta tendrá que aceptar luego a este Dios, porque esto es la vida.
Pueden llamarlo Wayti —ya se lo dije—, pueden llamarlo vida, el Amon-Ré de Egipto.
El Dios de amor tendrá que despertar en el ser humano, porque cada chispa representa el Omnigrado, el Omnipadre como parto y creación.
Son los primeros fundamentos, fueron los poderosos fundamentos por medio de los que tuve que ir construyendo estas conferencias.
Eso es muy sencillo con respecto a la esfera en la que vivimos, el sentir y pensar sociales, el caos en el que viven, pero demasiado alejado de su pensamiento y sentimiento.
El ser humano que aún no ha leído libros piensa: estoy conectado con un galimatías.
Pero acepten —y eso se lo pueden demostrar las leyes, eso se lo dice el macrocosmos irrevocablemente—: el Dios de amor vive en el ser humano.
Y ahora ese ser humano, por su pensamiento y sentimiento, se hace igual que el Padre que ha creado esta vida.
En el tiempo en el que viven ustedes, aunque regresemos —eso lo han vivido— a la era prehistórica, aunque vivamos los infiernos y los cielos, esas personas tienen que llevar su divinidad, su sintonización hasta el grado consciente, y eso ahora solo es posible pensando y actuando.
Ahora ya puedo preguntar, llegaron a ese punto: ¿Cuánto amor conceden a una amistad corriente y moliente?
¿Es como dice en ‘Las máscaras y los seres humanos’, hoy exclaman: “No puedo sin ti”, y al día siguiente se largan?
Con una sola palabra pulverizan esa primera esfera, ese templo, esa divinidad.
Un solo pensamiento equivocado de la vida respecto a Dios, y la Omnimadre ya los echará de esa primera esfera.
Ahora estamos ante sistemas filosóficos, por los que nacieron Sócrates, Platón, Aristóteles y los demás que a partir de la Universidad de Cristo empezaron con esa doctrina, con ese pensamiento y sentimiento, al margen de la iglesia.
¿Por qué vivieron Sócrates, Platón, Rudolf Steiner y los demás, Buda?
Para dar al ser humano, además de arte, pensamiento y sentimiento, para desvelar los grados de vida respecto a la divinidad en el ser humano.
Pero ¿qué sabía Sócrates, qué sabía Platón, qué sabia Buda, qué sabía Pitágoras del núcleo divino en el ser humano?
Buscaron, preguntaron, pero no eran capaces de encontrar, de vivir al Dios que sin embargo vivía en ellos.
Lo vieron en el espacio, vieron a un ser humano; a un ser humano, una fuerza, en cualquier caso, que pensaba, que ha creado y dado a luz.
Aun así, una y otra vez veían algo que infundía alma de modo pensante, consciente, que no había experimentado ningún cambio respecto de la iglesia católica, del protestantismo y de la Biblia.
Y en eso sigue viviendo, aún hoy, la humanidad entera.
Lo que hemos vivido en Oriente, lo que reveló el Antiguo Egipto respecto del Dios de amor, ya atraviesa la madre naturaleza.
Eso ya atraviesa la sociedad.
Y junto a ello volvemos a ver entonces la Biblia, la fe católica, el protestantismo, los millones de personas que conocen al Señor.
El Señor.
Pero ¿qué cosa es el Señor, pues?
Y ¿dónde vive el Señor?
Y ¿cómo es Su amor?
Deberían oír lo que el ser humano dice del Antiguo Testamento.
¿Pueden aceptar que eso pronto ciertamente se olvidará?
Viven ustedes en este instante, están en contacto y tienen sintonización con la Casa de Israel, con la conciencia cósmica.
En verdad, ustedes son los primeros que colocan los fundamentos para el pensamiento y sentimiento cósmicos, y así llegarán a conocer al Dios de amor.
A Él lo vivirán, a Él lo intuirán, lo seguirán paso a paso, y además de forma serena, porque ustedes saben.
El mundo que viviremos más tarde, en cinco mil años, no duden en creérselo, será como un paraíso.
Y solo se les podrá dar ese paraíso por medio de la sabiduría, porque se explicarán las leyes.
En el otro lado, en la primera esfera, cuando estén allí, lo único que tienen que hacer es inclinarse ante todas las cosas.
Ya no habrá pensamientos equivocados en el ser humano: se lo he explicado, los he conectado con esas vidas.
Un solo pensamiento equivocado los arrojará de la primera esfera.
No: esa esfera ya se les disolvería.
Y ¿ahora, qué hacen?
¿Saben inclinarse?
¿Se ponen en armonía con sus sentimientos?
¿Acuden a amigos y conocidos y les aportan la sabiduría vital y la verdadera alegría para el sistema filosófico —o sea, el que son ustedes mismos—, que los conduce a ustedes al amor?
¿Cuándo experimentan el verdadero amor?
¿Lo toman hoy en la mano izquierda, mañana en la derecha, lo pasan a la derecha?
Solo allí será donde estén ante el primer fundamento, y eso es —ahora llegamos al diccionario—, y eso es: ¿verdaderamente son verdaderos?
¿Son verdad en todo?
¿Son armoniosos para millones de leyes vitales?
¿Son justos para cada pensamiento?
¿Pueden aceptar un error?
¿O ya le añaden otra visión para escamotear ese errorcito, para envolverlo?
¿De verdad pueden decir abierta y honestamente: “Sí, me equivoqué”?
Porque entonces podrán seguir.
A los cabezones los hemos tenido que golpear con la sabiduría vital.
“Yo no soy así”.
“Que Dios me libre.
No soy capaz de hacerlo”.
Pero entonces ¿por qué están en este estado?
“Hice el bien.
Conduje a las personas a Dios”.
Sí, de mal en peor.
El cura dice: “Y hablé, y lo hice tan bien, lo hice tan fenomenal...”.
Sí, temblando, estremeciéndose.
Eligió usted hermosas palabras, pero la ley del amor, de la armonía, de la justicia respecto de los sistemas naturales, de eso no ha visto ni sentido nada, su divinidad permaneció sorda, muda.
¿Que es duro?
No.
El hombre se asusta.
Lo que debería haber visto es la naturaleza.
Tiene que hacer memoria —ya se lo expliqué—, esos tiempos los hemos vivido, hemos seguido la Biblia.
Hemos ofrecido las conferencias de Moisés, los infiernos que surgieron, cómo el ser humano se ganó y edificó los cielos.
Esas leyes las hemos llegado a conocer.
Solo después vimos la primera esfera: el ser humano que ya no puede aceptar esa tarea.
“Ya no quiero ver a mi madre”.
Pero algún día tendrán que aceptar a su madre.
“Ya no quiero tener que ver nada con esa tipa”.
Algún día deberían amar esa vida.
Tendrán que... respecto a...
¿Qué dijo Cristo?
“Setenta y siete mil veces perdonarás y volverás a aceptar al ser humano, porque es tu propia vida”.
Sí...
Ustedes se postran en Getsemaní, empiezan a pensar, meditan.
Pero mediten de día y no se blinden.
Háganlo siempre mentalmente.
Piensen, sientan siempre armoniosamente respecto a su yo, porque esta vida de aquí no tiene importancia alguna.
Detrás del ataúd estarán con alas caídas, no podrán moverse, no tendrán un camino, un suelo firme en el que apoyarse, nada, nada, nada, porque aún no habrán empezado con esa edificación fundamental.
Sí, hay quienes les pasa eso.
Pueden decir ustedes: “¿De qué me sirve eso?”.
Pero esta vida no es más que una millonésima de segundo respecto a su pervivencia eterna.
Es el espacio —ya se lo expliqué—, son los planetas y las estrellas, sí, planetas y estrellas, es el cuarto grado cósmico, el quinto, el sexto, el séptimo.
Pero ahora sigan en el ahora.
Acéptenlo ahora, imagínenlo ahora, vívanlo ahora: pervivirán detrás del ataúd.
Y allí son una entidad que quiere vivir la vida, y eso solo es posible cuando estén ante su propia vida, ¿entienden?
El Dios suyo que en la luna comenzó con la vida por medio de ustedes, al que llamamos alma gemela para el espacio, esa vida que tiene que vencer con ustedes ese espacio, sí, si eso puede experimentar esa unión, entonces el macrocosmos es elocuente para ustedes dos.
Pero cuando uno de los dos no tiene el sentimiento y el otro sí y tiene que esperar para acoger esa tolerancia, esa dulzura, esa dilatación espiritual, entonces ¿una de las dos vidas está robando a la otra y la obliga a irse a las tinieblas, mientras la luz está allá?
Eso no puede ser.
Eso no lo quiere el Dios de ustedes, en ustedes.
Porque el ser humano no comprende lo que puede significar un sistema filosófico de cara a Dios.
Yo tampoco permaneceré planeando en la Omnifuente, pero por fin voy a poner los puntos sobre las íes.
Han de saber que si aquí ustedes como seres humanos no desean, no anhelan hacer su vida más etérea, más espiritual, tendré que esperar.
Entonces, si soy uno de ustedes, estaré y seguiré estando en las tinieblas.
Moriré.
El ser humano dice: “Sí, todo eso está muy bien, pero ya lo veré luego”.
Hemos tenido que aceptar, por el suicidio —se lo he explicado— cómo el proceso de putrefacción se traga a bocados su corazón, cómo gime y grita el alma por concienciación para poner fin a eso, pero el Dios no hace nada, los deja gemir, los deja gritar.
Nadie podrá ayudarles y eso demuestra, por lo menos a mí me lo demostró, que era un instrumento divino, que era parte de la vida y que la divinidad había materializado para mí mismo, para mí como personalidad, el acto, y que puso fin a mi vida... y allí me encontré.
Si hay algo que me ha convencido de que soy una divinidad, de que porto en mí todos los poderes y fuerzas del universo, que mi vida interior está sintonizada con esa Omnimadre, esa Omnifuente, la Omniluz, entonces lo recibí allí, justamente por el suicidio, porque allí detrás no había condena.
Y eso se convirtió en mi felicidad, se convirtió en mi saber, en mi dilatación, eso llegó a ser mi conciencia, pero mi sentimiento por el amor.
Y entonces coloqué —sí que empecé a ser cauto— encima de cada rasgo de carácter una delicada orquídea, un pensamiento cariñoso para poder experimentar cómo se agotaba la ley, dicho de otro modo: para poder acoger el ser uno sobre el que hablé hace poco.
Y eso aún ustedes no lo saben hacer ni lo conocen.
Hay personas que una y otra vez colocan las fuerzas cariñosas sobre un acto, y están llevándose a esa dilatación, ese despertar espiritual.
Y no es, pues, tan sencillo, y aun así, ustedes lo tienen en sus manos.
Ya pueden vivir en la sociedad lo que quieran, pero un solo rasgo de carácter erróneo los frena para la primera esfera, para su alma.
¿Su amor gemelo?
No, su esencia divina, su ser uno, porque esa es su sangre, su alma, su espíritu, la fuerza de sus pensamientos.
Si esa vida no está presente, no podrán avanzar ni un solo paso, entonces la primera esfera seguirá siendo pobretona.
Porque algún día volverán a estar juntos y solo entonces eso será como se infunde plenamente alma respecto a Dios y Cristo.
El sistema filosófico —que es de lo que se trata para mí ahora—, por el que se construyeron las esferas, por el que llegan a conocer ustedes su vida social, eso lo tienen ahora en sus propias manos.
¿Cómo son ustedes?
Les pregunto: ¿cómo es su amistad?, ¿cómo es su amor?
¿Tenemos que aceptar que son ustedes tercos, descarados, torpes, inopinados, irreflexivos, olvidadizos de cara a las leyes, descuidados?
¿Les da igual que de la boca les salgan cosas cariñosas o groserías o cosas duras?
Pues sepan que la Omnimadre creó todo esto en armonía, en amor, y que así —ya se lo dije— se espiritualizó y que después se materializó.
De modo que cada pensamiento, cada ley que ustedes experimenten ahora tiene que poseer la esencia de esa Omnifuente, esa armonía, esa justicia, esa revelación, este despertar, este aceptar, este entregarse, este querer servir, este querer ser uno.
Si no lo son, si no son capaces, si van en contra de eso, tampoco vivirán jamás de los jamases el ser uno espacial y espiritual durante su vida terrenal.
Porque así es como se pone a hablar la vida y así es como despierta la esencia dentro de ustedes, que es, pues, la chispa divina.
Y ¿qué es lo que tienen que hacer —por medio de todas estas conferencias y los libros— para alcanzar ese núcleo?
Solo puedo esclarecerles el camino, decirles: “Tomen este camino, por este laberinto.
Tienen que empezar ustedes mismos”.
Les pedí, digamos que les supliqué: “Paren ya de una vez”, pero el ser humano no para.
El ser humano vive estas cosas y dice a la otra vida: “Me voy, me quito de en medio”.
Eso aún lo dicen criaturas que me siguen y que me han aceptado.
No llegarán a tener razón.
Su tarea no la han...., no comprenden su vida.
Saben que tienen que terminar su tarea.
Una vida tiraniza a la otra.
Y ¿quieren hacer eso en la primera esfera?
En primer lugar de todos, en el otro lado se pregunta, la primera esfera les preguntará: “¿Qué hicieron en la tierra?
¿Cómo fue su vida?
¿De verdad que llevaron a todas partes amor, felicidad, armonía, comprensión?
¿Son uno —fueron uno en todo y con todo— con su diccionario y sacaron de allí lo hermoso y se lo dieron a su chispa divina?
Porque solo así es como despertarán algo de esa Omnifuente en ustedes, y eso será entonces una parte de la personalidad.
Y esos millones de rasgos de carácter representan pues la personalidad.
Por lo tanto, el ser humano que está atado al karma, a la causa y el efecto, el ser humano —porque eso lo sabemos, eso lo sabe Cristo, eso lo sabe Dios— que ha recibido la vida aquí en la tierra y dice: “Sí, esa alimaña, esta vida no me comprende”, nació en la tierra porque en vidas anteriores esta vida trajo disarmonía, o de lo contrario habrían tenido ustedes a su lado el mismo sentimiento, el mismo grado de conciencia.
Viviría al lado de ustedes con la misma alma infusa, el mismo amor, también el deseo por el arte, la comprensión, la entrega completa, el querer dar, darlo todo para ese despertar espiritual, espacial.
Pero eso es justo lo que ahora falta.
Y entonces nos veremos en un caos.
Para mí de lo que se trata precisamente es apoyar al ser humano sensible.
El otro ser humano tiene que empezar con ello.
Ahora no sabe cómo tiene actuar ahora.
Está encima de sí mismo y no consigue nada.
Las fuerzas, las finas, las etéreas, las espirituales, deambulan alrededor de él y se les escurren de las manos.
La voluntad es consciente, y aun así: “No comprendo por qué se me tiene que golpear y patear tanto.
No comprendo por qué esta personalidad ha de frenar mi evolución”.
Pero nosotros lo sabemos: esta es una ley, esta ley vital: en la tierra vivirás a aquellas personas a las que alguna vez hiciste algún mal.
Miren, todo eso siguen siendo fundamentos.
Todos son caminos hacia la fuente en sí, donde todo está expuesto, abierto, porque ahora lo que llegaremos a conocer es el sondeo, la experiencia de ella, y eso, pues, es el sistema filosófico para todos ustedes, para la sociedad.
Un rasgo de carácter es, por lo tanto, un sistema, una dilatación filosófica.
Es decir: conducir la sintonización, el ser uno divino y espacial para un solo rasgo del carácter hacia la fuerza espiritual a través de la naturaleza, del acto, porque ese rasgo es un fundamento para el más allá, sobre el que se encuentran ustedes.
Y ahora ya pueden preguntarse para sus adentros: ¿cuántos rasgos de carácter espirituales tengo ya?
Estarán ustedes completamente abiertos a la otra vida si quieren aceptar —y si son capaces de hacerlo— el otro lado, el macrocosmos, el Dios de amor, en este estado, con sintonización cósmica y divina.
Pero les digo: de todas formas deberán comenzar con ello si aún no son capaces de hacerlo.
No entienden ustedes, y todavía no quieren comprenderlo, que siguen siendo materiales, y que no ven su divinidad interior, porque entonces lo harían de una manera muy, pero que muy diferente.
Y eso no es más difícil, al contrario.
¿Tan difícil es ser veraces, cordiales, benevolentes?
No es necesario que acepten al ladrón de la tierra.
No hace falta que acepten la paliza de su esposa, de su esposo, que va, pues, en contra de estas leyes.
En el otro lado, si ambos llegaran de pronto al mismo tiempo detrás del ataúd, se disolverán de todas formas el uno para el otro y ya no se volverán a ver.
Eso es hermoso, es hermoso...
Aquí rechazan lo que es etéreo, la lucha y el servir por y para un rasgo de carácter, la concienciación para la humanidad.
“Mejor que cada uno empiece consigo mismo”, se dice, y es que eso es necesario.
Pero detrás del ataúd, en esa primera esfera, allí el ser humano tiene un anhelo imponente por el sentimiento, la cordialidad, la concienciación.
Allí toda esa personalidad está sintonizada con la vida espacial, solo para eso vive el padre, la madre y el hijo.
Jamás quise asustarlos, pero los veo.
Y si es que quieren saber esto: si luego quieren volver a verse detrás del ataúd, si quieren volver a verse allí, entonces ahora ya no debe haber nada en ustedes por lo que puedan colisionar.
Entonces ya no debe haber nada de incomprensión, entonces su forma de pensar debe ser infaliblemente segura y espiritual, porque tienen ustedes confianza en todo, ya que son ustedes mismos quienes sirven, quienes llegan a revelar su divinidad: no los demás.
Pero el ser humano en la sociedad mira al otro.
Ya lo habrán entendido: ahora millones de problemas se abalanzan sobre mí, porque viven ustedes en un caos.
Ya no tenemos que ver ahora con planetas y estrellas.
Sí, sí, estos viven dentro de nosotros, debajo de nuestros corazones.
¿Son ustedes parte de este universo? Es algo que les he podido aclarar por medio de las leyes.
No, ustedes casi ya han vencido este universo, porque cuando hayan completado el ciclo de la tierra se despedirán de este universo material.
Aunque accedan a unas tinieblas, a un infierno, a una esfera oscura: el ciclo de la tierra se habrá completado.
Pero ¿en qué estado se encuentran ahora?
Los sistemas filosóficos los conducirán, si ahora poseen verdad, justicia, armonía, al paso espiritual, al nuevo fundamento.
Y entonces no podrán decir: No tengo nada que ver con esto y lo otro.
Siempre exigen ustedes lo verdadero, no son capaces de empezar a vivir las leyes de forma demoledora, destructiva, lo hacen espiritualmente conscientes.
Y esa seguridad la sacan de ustedes mismos, no pueden sacarla y recibirla de ninguna otra parte.
El espacio no les puede infundir alma, si la mentira está en ustedes.
Si esa pereza está en ustedes, no habrá cuestión de infundir alma ni de conciencia.
¿Están sucios?
¿Son vagos?
¿Ya están en disarmonía en la intimidad de su hogar familiar?
¿Qué quieren empezar entonces en el cosmos?
Si aquí hacen negocios y engañan, y mienten a fondo —se lo he explicado, los llevé conmigo a su general, lo más elevado para su mundo—, pues todo eso es desintegración, destrucción consciente.
Cristo no lo quiso y el Dios de todo lo que vive, el Padre de amor, no se hizo manifestar a sí mismo para eso.
¿Qué queda entonces de la sociedad, de esa personalidad poderosa, social, terrenal, si hacemos que se haga brevemente visible el espejo de la vida para el espacio, si empezamos a ver esa visión?
“Sí”, dice el ser humano, “he sido golpeado”.
Pero ¿por qué cosa?
En el otro lado sacamos el pensamiento equivocado de la personalidad —el primero de todos—y decimos: “Es culpa suya, usted empezó”.
Sin duda, el ser humano no tiene la fuerza para callarse, para proteger su vida interior, el ser humano en la tierra responde a eso y dice: “Y yo ¿qué? Y ¿tú?”, y vuelve a perderlo todo, ¿entienden?
El otro lado, o sea, el sistema filosófico como primera esfera, no dice nada, porta, procesa...
Por ejemplo: a André se le pide ayuda, sabiduría vital.
André dice: “No hagas eso”.
Quita algo al ser humano —porque nos lo pide a nosotros—, y después el ser humano piensa: “Menudo bicho, ese André”.
Gracias...
Ojalá ese ser humano no le hubiera dicho a André esas palabras, porque ahora han perdido ustedes para él el noventa y siete por ciento de su ser completamente abierto.
Ahora estamos avisados.
Si la serpiente me pica en la selva, ya habré adoptado las medidas pertinentes para la segunda vez.
Es decir: Dios sabe que el ser humano se tropezará.
Y ahora pueden decir: “Se lo dije honestamente”, pero para Dios y el espacio se han golpeado y mancillado a ustedes mismos y la otra vida.
Se retiran ustedes, se van.
Tienen que construir..., han de construir, un muro.
Se entregarán por completo.
Eso es lo que hacemos nosotros, nos entregamos por completo, eso lo hemos tenido que aceptar por la vida de Cristo; y si entonces nos pegan y no nos pueden aceptar, cuando lo que queremos hacer es servirles y hacerlos despertar por medio de Cristo, por el Gólgota, por Getsemaní y el espacio, y si aun así dan palizas, entonces nos retiraremos y tendrán que demostrar ustedes cómo querrán comenzar con esos otros fundamentos, nuevos.
Y eso toma mucho tiempo.
Tendrá que haber entonces un acto, una acción, por la que demuestren: ahora he vuelto a rectificar mi pensamiento erróneo.
Y entonces el espacio los volverá a aceptar.
El ser humano pregunta a André: “¿En qué porcentaje me ha aceptado usted?
Y cuando el ser humano en la tierra lo preguntó, pude conectar a André, el maestro Alcar pudo conectar a André directamente con el Mesías, porque todos los apóstoles le preguntaron a Él: “¿Qué te parezco, maestro?”.
Cristo contó las verdades cósmicas más hermosas durante el paseo con los apóstoles, y entonces les dio el sistema filosófico de sus palabras, para sus actos.
Cristo ofreció el lenguaje figurativo.
¿Es que no sintieron ustedes que Cristo una y otra vez sacaba a relucir en todo la esencia divina espacial, para iluminarla para la humanidad?
Y eso no se comprendía.
¿Pudo decir Cristo en la cruz y en Getsemaní: “Padre, Padre, que esto pase”, mientras Él estaba divinamente consciente para poder acoger cada golpe erróneo?
Pero dijo, ¿no es cierto?: “Son ustedes mismos”.
No hablamos de conciencia divina, no nos referimos a las fuerzas y los poderes que poseía Cristo, sino que viven en el ser humano.
El ser humano dice: “Quiero esto, quiero lo otro, quiero aquello”.
Y recibe verdad del ser humano que lo quiere proteger de la perdición, contra la desgracia: este (el ser humano que recibe verdad) se enfada, interiormente, porque se pierde algo.
Y entonces a André se le dio una paliza...
Por sentir amor por el ser humano, querer darlo todo al ser humano, advertir al ser humano: “No lo hagas, no vayas tan lejos.
No, sé cauto, no es algo que sea tuyo.
Será en la tierra y en esta vida cuando acabes esto”.
Entonces se enfadan y se les dará a ustedes una paliza porque quieren privarles de las cosas que desean poseer.
Vuelvan ahora otra vez, adelante, pregunten otra vez al Mesías en Getsemaní: “¿Qué te parezco?”.
Den un paseo con el Mesías por la tierra, hablen cada segundo, ya que lo quieren vivir y ver a Él.
Lo pueden admirar en su sociedad a cada instante si quieren aceptar Su vida y si son capaces de representarla.
Aunque en la sociedad no sean más que un carácter corriente y moliente, aunque no tengan una tarea que los eleve y coloque en la luz: cada pensamiento suyo, da igual para qué sirvan ustedes, pues, tiene sintonización divina, porque llega a despertar, a espiritualizarse, a partir de sus propias vidas; primero a la espiritualización y después se hace etéreo, y entonces harán las cosas de otra manera.
Acude un amigo a otro, y este mira y habla y hace y cuenta de la vida eterna, pero no aporta edificación ni armonía, no: es disarmonía lo que trae, por lo que al final la fuente se resquebraja y todo se desmorona.
Uno dice: “Estoy en un manicomio.
En lugar de recibir felicidad, en lugar de que vivamos paz, calor, cariño, armonía y justicia, vivo ahora en un manicomio”.
Solo porque el ser humano no aportó su verdad.
Vive entre ustedes.
El ser humano dice: “Se me ha golpeado...”.
Si se les ha golpeado y sintonizan cada palabra directamente con las tinieblas, entonces ¿qué otra cosa van a poder desear de los cielos?
¿Es eso un fundamento filosófico, es un fundamento espiritual?
Un rasgo de carácter es, pues, ¿servicial? ¿Se dilata?
¿Les ofrece las visiones espirituales, verdaderas, serenas para que puedan saber ustedes cómo actuar?
¿Por qué no aceptan? ¿Por qué no se inclinan, por qué no se inclinan ante ustedes mismos, no para otras personas, sino para sí mismos?
¿Por qué no perciben que quiebran su divinidad, que la deforman, mancillan, oscurecen por esos pensamientos erróneos, duros, inhumanos, disarmónicos, mentirosos, que primero les sale de la boca y que luego se arrojan a toda mecha al espacio, que llegan directamente a Cristo y que allí preguntan: “¿Qué te parezco?”.
Cuando Pedro...
Ese camino lo hemos seguido —si al maestro Alcar le parece necesario darles alguna vez esas conferencias—, cuántas veces no han preguntado alguna una noche a Cristo, y Pedro preguntó “¿Qué te parezco?”.
“¿Quieres saber eso de mí?”, dice Cristo, “¿Pedro?”.
Llegó Juan: “¿Lo hago bien?”.
“¿No lo sabes?
¿Quieres saber de mí si lo haces bien?
Juan, Pedro, ¿es que no sienten (sentís) la felicidad en ustedes (vosotros), el calor cuando la alegría de la otra vida y por la otra vida les (os) viene al encuentro, radiante?
¿No es esto, pues, el verdadero ser uno para el bien?
Si tienen que recibir el gruñido, la patanería, lo bruto, lo rudo, la mordaz violencia del ser humano, ¿no pueden ustedes sentirlo y vivirlo claramente cuando eso les entra y les llega?
¿Por qué se inclinan?
¿Por qué es el ser humano tan feliz ante algo cálido, algo comprensivo?
Al ser humano que está enriqueciéndose para el otro lado —porque eso es—, que a toda costa se quiere reenviar a sí mismo a la eternidad, que se quiere dar a sí mismo las “grandes alas”, a esa gente la acojo, pues, y esta es la que recibe mi apoyo.
Y a aquel que desintegra, que gruñe, que hace patanerías y que destruye y que no quiere aceptar la vida en sí mismo, a ese lo tengo que dejar marchar después de todas estas conferencias y todos los libros y todos estos años, y decirle: “Pues entonces mejor estréllese”.
No es el fin de la paciencia cósmica, sino que es la ley necesaria, verídica: no quieren.
Es que no quieren.
No quieren vivir amor.
¿De verdad que pensaban poder vivir amor divino, espacial, arrojando a un lado unas vidas y aceptando otras?
Si se conocen a sí mismos, si han experimentado el ser uno material, el espíritu estará tirado por ahí, gritando y diciendo maldiciones de tanta miseria.
¿Por qué?
Porque ni como alma ni como espíritu tendrá edificación, armonía, cordialidad.
Es todo desnudez social.
Es el vacío contra el que luchó Cristo cuando dijo: “Y si se atreven, arrojen entonces la primera piedra”.
Tienen ustedes por dentro tanta negrura como solo la pueden tener los infiernos, como son las esferas más bajas, así de negros y tenebrosos son sus pensamientos y sentimientos, y así serán, naturalmente, sus actos.
Hay que ver lo sombríos que estamos esta mañana.
Qué duro es oír todo esto.
No, solo los quiero advertir.
Cada instante, cada breve minuto pueden hacer el viaje, porque entonces estarán ante el sistema filosófico, que es: desde allí y desde aquí quiero dar lo espiritualmente etéreo a mi pensamiento y sentimiento.
Y ahora, naturalmente, llega el ser uno con la vida de Dios.
Ahora nos encontramos en la primera esfera, vemos la luz.
Hay personas que me llevan siguiendo cinco o seis años, y todavía dicen maldiciones.
Maldicen la otra vida y dicen: “Bueno, pues entonces mejor me quito de en medio”.
Cuando el ser humano siente esto, pregunten entonces si hace falta una buena soga, ¿o es que se va a ahogar usted?
Bueno, pues entonces mejor ahóguese.
¿Que es duro?
No lo van a hacer.
Todo eso de estar tiranizándose uno mismo de cara a la vida que tienen, que ahora les pertenece, es la deformación de la nimiedad que ya tienen, es decir, la nimiedad, la poquita luz que tienen que llevar hasta Cristo, hasta la primera esfera; y eso con tres, cuatro palabras lo vuelven a destrozar por completo.
Y ahora pueden volver a empezar: “¿Por qué no lo hacen así?”.
Y: “Aun así, quiero el bien”.
Y: “Los llevaré al espacio”.
“No quiero tener que ver con eso”.
Miren, primero tiene que llegar el deseo de querer ser buenos.
Primero tienen que poder comprender: ¿qué están haciendo en el fondo?, ¿a qué se dedican?, en realidad, ¿para qué viven?
Les digo: ya tienen la paternidad y maternidad, pero eso es una posesión espacial, divina, eso lo tienen.
Pero por los actos, pensamientos y sentimientos van edificando su personalidad espiritual, espacial, divina.
Esto lo tienen que hacer por medio de sus pensamientos, de sus actos.
Es su hablar, y este hablar tiene que encontrar su sintonización con las leyes que explicarán los diez mandamientos: no matarás, no robarás.
¿Por qué golpeas otra vida? Porque es tuya.
Tengo que conectarlos con la reencarnación y decirles enseguida, ahora mismo ya —porque eso no lo sabrán procesar ustedes—: “No van a regresar”.
“No se verán allí, porque tienen que volver a la tierra”.
“Se volverán a ver en cientos de miles de años, pero entonces ya no conocerán al ser humano que ahora se llama Gerhard o Anton, porque entonces se encontrarán ante el grado de vida divino en sí”.
Los libros ‘Una mirada en el más allá’ les cuentan, a través del maestro Alcar, que tienen que amar todo lo que vive, porque entonces recibirán amor universal.
Y ¿qué es lo que tienen aquí en la tierra?
No más que amor propio paternal, maternal.
Aman a su propio hijo.
Y ni siquiera es ese tipo que les pertenece, esa especie, la dilatación, sino el ser humano que solo alcanza y toca un poco su carácter, ese es el que los eleva a ustedes en la vida de ustedes.
 
Tengo que aclararles que no es necesario que porten la vida en la sociedad, porque seguramente que comprenderán: estas leyes son para cada ser humano.
Somos severos y los sistemas filosóficos lo son, y duros, de cara a Dios, porque tenemos que merecernos ese espacio por los propios actos.
Si el ser humano lo posee todo en la tierra y ustedes no tienen nada, no lo miren.
“Si son vagos y no quieren que se les infunda alma, entonces recibirán pan duro”, dijo Cristo.
Si quieren ganarse lo otro para su organismo solo es alcanzable por pensar y sentir, pero estando en armonía, de lo contrario se encontrarán detrás del ataúd ante el insignificante yo que fueron en la tierra.
“No soy capaz de comprenderlo.
No puedo seguirlo”.
Pero si es que las leyes dicen, esos pequeños rasgos de carácter: eso no deberían haberlo hecho, deberían haberlo hecho de esta manera.
¿Por qué así?
Por qué no meter, añadir, ese cariño, ese portar, ese servir... y llegará el despertar.
Les pregunté, André también se lo preguntó, y esos son los dichos de los maestros que infunden alma: “¿Por qué siempre nos equivocamos?
¿Por qué al ser humano le gusta tanto aceptar lo equivocado, y no está abierto al ser humano, la sociedad, la humanidad, para el bien?
Ser bueno es difícil.
Ser bueno, eso requiere el pleno cien por cien de la personalidad de cara a la sintonización divina en ustedes, y solo entonces despertará algo en esa alma, esa esencia divina.
Entonces esa alma llega a la ampliación, y eso es lo que son ustedes.
Por eso luego tendré que empezar, naturalmente, con la personalidad humana de cara a Dios, si quieren comprender esto, a su vez.
“Soy capaz de esto.
Y de aquello también.
Y ojalá que Dios me lo hubiera dado antes, entonces lo sería”.
No, no lo son y tampoco lo fueron, o ya lo serían.
No tienen que mirar las posesiones de los demás.
Las posesiones, macrocósmicas, divinas, están en el ser humano, viven bajo sus corazones, son sus corazones, son ustedes mismos.
¿Qué cosa es capaz de superar esto?
¿Son capaces de asimilar algo que es poderoso aquí en la tierra en comparación con esta felicidad interior, divina, inmaculada?
Porque lo que ustedes quieren, piden, es felicidad.
Quieren vivir el ser uno para esos sistemas, para el espacio: entonces tendrán que aceptar esa divinidad que hay en ustedes, e infundirle alma.
¿Lo ven?
Solo escuchar no les sirve de nada.
Hace poco les dije que me sentía agradecido de ver cómo estaba atado a mi cuerpo y cómo experimentaba esa putrefacción.
Entonces supe que el Dios de vida era amor y que quiere ser amor, porque era yo mismo.
Andaba yo —ya se lo dije— en un mundo invisible que no era nada, porque había asesinado la vida y la muerte, ya no tenía la conciencia natural.
Así de genuina es la vida interior en el otro lado, así de genuinas son las esferas de luz y es su sintonización humana, para aquí y para allá.
Tienen que comprender que por su pensamiento y sentimiento oscurecen o llevan a la luz su divinidad.
Y en la sociedad pueden irradiar esa cortesía y benevolencia como armonía.
¿Por qué no es posible?
Es que ustedes todavía no lo hacen, ¿lo ven?
Y aun así, cada acto, que es de lo que se trata ahora, cada acción, cada palabra primero hay que vivirlos interiormente y después llevarlos al Cristo espiritual en ustedes, y solo entonces hacer que se dilaten.
Entonces hablen.
En el otro lado primero tienen que aprender a hablar.
Les decimos de inmediato: “Cállense, no hablen, primero escuchen”.
Y entonces experimentarán de inmediato un contacto espacial.
Nosotros les contamos cómo surgió la naturaleza.
Eso ya no les hará falta con ustedes, ya lo saben todo, pueden decir, afortunadamente: “Lo sé, maestro, lléveme a mí mismo”.
Y eso es lo que haremos; los quebrantaremos y desmantelamos esta personalidad, si queremos hacer relucir esa esencia inmaculada, porque allí es donde tenemos que comenzar.
¿Y por qué es que no lo hacen ustedes mismos?
¿Por qué no empiezan ahora? Porque esta es su eternidad.
Se duermen un momento, duermen todos los días, y eso es para el organismo, pero este sueño los coloca de inmediato al lado del ataúd, y siguen, y despiertan.
No hay otro sentimiento en ustedes, son exactamente iguales ahora, allí y aquí.
Siguen odiando, siguen hablando mal, siguen pensando mal, siguen queriendo colgar, siguen queriendo quitarse de en medio, gruñen, dicen patanerías, son duros, son inconscientes, piensan que ustedes sí que saben.
No tienen sensibilidad por los apóstoles, por Cristo, por Getsemaní, por Caifás, Pilato o el Gólgota, permanecen y permanecerán sobre su pedestal; no hay cuestión de inclinarse, todavía no quieren hacerlo, no son capaces de hacerlo.
Y ¿qué hacemos ahora?
Y eso ustedes también lo hacen, en eso ya son conscientes.
Cuando comentan entre ustedes las leyes para la tierra, su vida cotidiana, y no les dan la razón, ¿qué hacen entonces?
Entonces se retiran y en eso tienen razón.
No reaccionen si esa vida aún no está lista: intenten, en cambio, destacar siempre ese estímulo.
Despierten y admitan que se han equivocado, porque este escaso estar equivocado, este yo pequeñito y nimio como rasgo de carácter los coloca en la oscuridad, en un mundo tenebroso, y no quiere ser ni significar otra cosa que: la tierra crepuscular, el ser inconsciente, el no querer, el ser demasiado vago para aceptar ese despertar, el negarse en redondo a acoger esta concienciación, la soberbia, la locura, la fanfarronería del ser humano que se siente social y material... sí.
Tenemos que acoger a millones de catedráticos, médicos, obispos, padres, capellanes y pastores protestantes.
¿Por qué?
Porque no han vivido ninguna realidad.
Les he aclarado, desde luego, que si son buenas personas, albergan verdaderamente el apostolado, y eran así en sus palabras y sus actos, aunque no dieran una, aun así habrán hecho despertar entonces —¿entienden— la luz que albergan, incluso así.
Y eso eran los fundamentos, esa es la esfera de luz.
Al pastor protestante le da igual su condena, se arranca el Antiguo Testamento y lo tira, sabe que ya no puede cantar suplicándole a Dios.
Le despojamos de esos temblores.
Mejor hablen sin hacer aspavientos y piensen normal, y mejor no le añadan ninguna unción, porque Cristo se ha taponado las orejitas.
Ya no quiero oír sus cánticos de aquí.
Porque la ley vital los conducirá al timbre universal, y solo entonces se podrá aceptar y adoptar su sonido como palabra, y seremos uno en alma y espíritu.
Miren, es una cuerda en el arpa de André.
Un solo pensamiento de esos que los lleva al otro lado, al despertar espiritual, es una cuerda de su arpa espiritual; porque esta la recibirán todos ustedes —basta con que echen un vistazo a ‘Jeus de madre Crisje’, parte primera, y sabrán cómo podrán ganarse una cuerda de aquellas—, pero no por ser ariscos, no por su incomprensión ni por su desmantelamiento o destrucción.
Nosotros decimos: honren a sus padres y a sus madres, aunque su padre sea un ladrón que está en la cárcel y aunque su madre haya violado las leyes para la maternidad y sea desordenada y una zorra: siguen siendo las propias vidas de ustedes.
Porque ustedes tienen sintonización con millones de chispas en la tierra y en este espacio, y tienen que ver con ellas.
Lo que ahora dedican a la vida, cada céntimo que gastan, también lo tendrá que dar alguna vez la vida para servir, porque son leyes.
Cada rasgo de carácter es ahora una ley vital cósmica como un fundamento, el ser uno para la paternidad y maternidad —¿no es cierto?—, el amor, la armonía, el ser hombre, el ser mujer, el niño.
Y ¿en qué reside, pues, la felicidad más poderosa?
Eso se puede vivir y ver en el hombre y la mujer, una y otra vez.
“Pues, no, no tengo esa sintonización”.
Les digo: tenemos gente... aquí conmigo —conozco esos sentimientos y sé que llegan a André— hay gente, ha leído los libros, que después de quinientas conferencias sigue diciendo: “Me quito de en medio”.
¿Por qué?
¿Para consumar su disarmonía, para edificar el desmantelamiento y no espiritualizarlos a ustedes de cara al otro lado, su matrimonio, su tarea, sus hijos, su ser madre, su ser padre, su amistad?
En realidad, ¿qué quieren empezar a hacer con el otro lado si no empiezan aquí?
¿Entienden?
A una criatura protestante, católica, plenamente consciente para la iglesia católica, ¿le gustaría escuchar esas leyes divinas?
Les digo: esto va a ser y es la sabiduría mundial.
Esta es la ciencia espiritual para todas las sectas y pueblos en la tierra, porque esta sabiduría viene directamente de la Universidad de Cristo.
Sócrates y Platón y Aristóteles, Moisés, Rudolf Steiner, Buda, todos los egipcios y los templos de la India británica y cada ser humano en Occidente son, pues, núcleos de Dios, como alma, como espíritu, como luz, como vida, como padre y madre.
Están dilatándose.
Se materializan a sí mismos para después espiritualizar el núcleo interior, el sentimiento interior.
Y eso solo es posible viviendo y aceptando a Cristo en todo Su amor divino y sagrado.
Sí, eso lo saben.
Lo saben, pero escuchen ahora todos esos gruñidos, esas borderías, ese frenar y esa cosa dura en el ser humano.
En realidad, ¿qué quieren?
¿Qué locura quieren vivir?
Porque experimentar solo la armonía, la hora diaria, eso los lleva al ser uno humano.
Ustedes exigen demasiado, quieren serlo todo, solo ven a su esposo y solo ven a su esposa, no el grado.
¿Tienen ustedes ese sentimiento de ser uno, la clara aceptación?
El ser humano no quiere: “No quiero esto, no quiero lo otro”.
Pero si lo tienen juntos, puedo explicarles, si tienen simplemente media horita a la semana, al mes, al año, para hablar de estas leyes divinas para ustedes mismos, entonces ya serán una criatura agraciada.
¿Entienden?
Porque cuando les entre el verdadero anhelo, entonces recurrirán a todo lo de su cuerpo, de su espíritu y de su personalidad.
Aunque después los arrojen mil veces a la hoguera, ya les dará igual, porque habrá despertado en ustedes la divinidad.
Y eso, pues, no es más que amor, no es más que el sentimiento de ser uno con las leyes, es el sentimiento de que no hay una muerte, es el saber.
Pero es el hablar con un ser humano de avanzada edad, con un crío, con una flor, con una planta, con un caballo, su perro y su gato.
Es la sagrada, inmaculada aceptación de la palabra.
Aunque el ser humano quiera mentir, ustedes no tienen nada que ver con eso, para ustedes el ser humano está desnudo, es puro e inmaculado.
Y entonces ya no hay diferencia.
Miren, la primera palabra ya les demuestra si el ser humano, esa alma, esa personalidad no es inmaculada y pura y espiritual, y entonces, naturalmente, recibirán ustedes la paliza material.
Entonces podrán volver a esperar, no pueden contar nada de ese espacio a los demás.
Y aun así, el ser humano desea, quiere vivir, no va desde las tinieblas hacia la luz, no quiere ver ningún Getsemaní.
Sí, porque por eso los llevé ante Pilato.
Para estar allí, junto a Pilato, abajo.
Sí, dejen despertar a Pilato —ya se lo dije al final de aquella conferencia, hace cuatro—, dejen despertar a los Pilatos, a los Caifás en ustedes, dejen que mueran en ustedes, si quieren poder aceptar el Gólgota.
Y entonces se dirán a sí mismos: “Qué profundo es todo eso”.
Pero no lo es, porque no es cierto que la suavidad, el amor, el mirarse de verdad a los ojos, de manera inmaculada, con la pureza de un niño, de la que habló Cristo..., ¿no es esto el ser uno, los unos para los otros, de forma humana, inmaculada, pura, cordial y natural?
¿Lo quieren?
¿Qué quieren hacer en esta vida?
¿Qué quieren vivir todavía en esta vida?
“Mi vida no me sirve de nada, podría formular exigencias...”.
¿Cuáles?, ¿cuáles? Díganselo, adelante, a Cristo.
¿Qué exigencias tienen?
¿Quieren vivir la sociedad?
¿Quieren empezar a hacer viajes?
¿Quieren poseer cosas hermosas?
Todo eso lo dejarán atrás, todo eso será un lastre.
Si quieren vivir y poseer eso de verdad —porque André habló de los morrales de ustedes—, llevarán con ustedes un montón de cosas para cuando lleguen detrás del ataúd, y entonces el maestro dirá: “Y ¿eso? ¿De qué les va a servir?
¿Qué quieren hacer en esta vida con esas cosas?”.
Esas cosas las deberían haber vivido, deberían haberlas comprendido: pocas posesiones, pero sí una conciencia adquirida con serenidad, la comprensión de su pequeño yo terrenal, material, vale más que millones de toneladas de oro en la tierra, porque entonces ustedes son ustedes mismos.
Y ahora hemos visto que el ser humano sencillo, el trabajador corriente y moliente, entró a las esferas de luz.
Porque ¿no es cierto? La alteza en la sociedad solo puede vivir el cariño, la conciencia bendita y el despertar, el ser uno con Cristo, si descendemos desde ese peldaño más elevado en la sociedad al ser serviciales de verdad, a la sencillez, al inclinarse, y entonces ya no hay cuestión de estamentos ni nobleza ni de nada de todo eso.
Sean quienes sean ustedes, cuando lleguen detrás del ataúd, ustedes no serán más que un grado de vida para cada insecto que haya allí, y eso es lo que es el ser humano, lo que puede ser; y así es para cada flor, para toda la luz en el espacio.
Irán al otro lado, seguirán más allá, o volverán a la tierra.
Por favor, comprendan que eso luego será posible.
Ahora se tienen ustedes los unos a los otros, pero luego ya no.
¿Por qué?
Porque esta vida no es de ustedes, aquí es donde tienen que enmendar.
Son uno solo.
Por medio de la paternidad y maternidad pueden ustedes conseguirlo todo en la sociedad para su otro lado, si comprenden las leyes como sistemas filosóficos, porque entonces conseguirán con una sola chispa de Dios una divinidad, el verdadero ser uno.
Y ahora ya pueden hacerlo por una conversación, hablando, imaginando esta sabiduría, leyendo a fondo los libros.
El ser humano prehistórico y el ser humano de Moisés, el hijo de Israel ni siquiera conoció esta gracia.
Han vivido a la buena de Dios y no lo sabían y llegaron a su estado.
Tuvimos que empezar con esos primeros fundamentos, y ustedes ya los tienen, todos esos miles de fundamentos ya los han recibido.
Pero ¿tan difícil es, pues, ofrecerles esa concienciación?
Ahora basta con que quieran, y las gracias divinas —no las hay, pero ahora se las están ganando— estarán en sus manos.
En cualquier momento podrán hablar con el Cristo inmaculado en Getsemaní.
En Getsemaní —¿entienden?—, porque allí Cristo sintonizó con la inmaculada meditación, el pensamiento inmaculado, y se preguntó: “¿Vengo a la tierra para este caos, para esta miserable humanidad? ¿Para esto se me golpea y patea?
Me matan, me destruyen, me clavan en la cruz, pero mi pensamiento y sentimiento permanecerán en la tierra, y esa es Mi posesión espiritual para esta humanidad”.
¿No es así?
Los sentimientos de ustedes mismos, los mejores de todos, no van de aquí para allá, sino que salen volando de sus casas y vencerán el mundo, vencerán este macrocosmos.
En las esferas de luz se sabe cómo piensan ustedes y cómo sienten, y allí conocen su propia sintonización.
Se sabe exactamente —por los pensamientos de ustedes— con qué esfera están sintonizados, y dónde vivirán luego detrás del ataúd.
Volveremos a encontrarlos, infaliblemente.
Y entonces se oirá: “Y, madre, padre: ¿por qué no empezaron con esto?”.
“Bueno, es que la iglesia me lo prohibió”.
Sí, lo sabemos.
Los maestros —se lo he explicado— tuvieron que empezar dándole un cierto miedo al ser humano para atarlo a la ley de Dios: hay un Dios que lo ha creado todo.
No hagas cosas equivocadas —¿lo ven?, la misma verdad de siempre—, porque llegarás a estar en disarmonía con el Dios de todo lo que vive, con el Padre de amor.
Y eso solo lo llegó a controlar Moisés.
Vivió sus milagros, pero el ser humano lo convirtió en condena, por su ignorancia, ¿verdad?
Todo lo que llega a manos del ser humano y no comprende lo arroja por la tierra, lo multiplica por diez, lo hace más denso un millón de veces para el mal, para lo equivocado, pero jamás de los jamases para el bien.
¿Tan difícil es ser bueno?
¿Tan despiadado es tener que empezar con uno mismo, para asegurarse de la primera esfera?
¿Cuándo darán la verdadera orquídea espiritual a su amor?
¿Mediante un pudin?
¿Cuando tendrán...?
No es necesario que compren flores —ya se lo dije alguna vez—, aunque el ser humano se sienta agradecido por ello, a su vez, en el espacio.
Pero, deberían poner ustedes ya los colores del espacio en su rasgo de carácter humano, y regalar una orquídea mediante una palabra, porque la orquídea se disolverá y su palabra pervivirá eternamente.
Pero todavía no he llegado.
Ahora en el fondo debo empezar todavía con los millones de leyes —naturalmente, son los sistemas por los que fueron construidos Sócrates, Platón y las universidades de ustedes, por los que empezaron ustedes— si quiero llegar a tratar, y analizar espiritualmente, todos esos rasgos de carácter con respecto a Schopenhauer, al Kant de ustedes y a los pensadores más grandes en la tierra, porque de eso no vieron ellos jamás de los jamases el fundamento espiritual.
Con ese tengo que empezar ahora.
Y ahora ya se ha esfumado mi conferencia, esa hora y media los he conducido a la unión.
Primero para la personalidad —sin duda alguna volveré sobre eso—, porque todos estos fundamentos ornamentarán luego la personalidad, formarán parte de ella.
Y entonces volveremos a estar ante el amor divino: no ante el ser humano, sino dentro de él.
Luego iremos juntos de viaje, millones de años.
Seremos, seré su maestro durante millones de años, porque ya nunca me adelantarán ustedes de cara a Dios, jamás de los jamases.
Porque soy anhelante, soy alguien que sirve, quiero saber, y eso ya no lo hago para la tierra de ustedes, lo hago para mí mismo.
Ya no me adelantarán.
Pero con que alberguen un solo pensamiento equivocado que golpee la vida de modo desintegrador, ya no podré alcanzarlos ni me podrán ver ustedes a mí ni al maestro Alcar ni a los millones de adeptos que tenemos.
Acéptenlo y créanlo, soy la voz de la Universidad de Cristo, que me fue entregada por Cristo, o jamás podría haber dicho ni una sola palabra, jamás les podría haber esclarecido estas leyes.
Porque: “Soy una parte, una chispa, soy el nuevo pensamiento”, dijo el Mesías, “para su reino de Dios en la tierra”.
Y esa pequeña rienda, ese cordelito, eso lo tenemos todos en nuestras manos, porque empezamos con ello.
Y ¿ustedes?
Y ¿usted?
Hubiera deseado volver a vivir con ustedes juntos Getsemaní, otra vez Caifás, Pilato, para mirar ahora: Caifás, Pilato, ¿qué deberían haber hecho respecto a la vida?
No tuvieron que ver ustedes con ningún Cristo, aquí tienen que aceptar y vivir un ser humano, y ese ser humano no lo van a tratar ustedes injustamente.
Tendrán que entregar su vida, su personalidad para el grado de vida que tienen delante de ustedes.
Aquí no se trataba de Cristo, de la divinidad procedente del Omnigrado: aquí se trata de hacer que despierte, de llevar hasta el amor, el grado de vida del “ser humano”, la esencia que hay en esta vida, y de aceptar aquella.
Para eso vive el ser humano, y eso tuvo que demostrarlo Pilato.
Y ahora Caifás, que dice: “Mátenlo, Él deforma al Señor.”
Ay, ay, ay...
Ya que el ser humano no entiende al Señor, ¿hay que clavar al ser humano en una cruz? ¿Hay que flagelarlo?
¿Quieren ustedes repudiar —ya se lo dije— al ser humano al que no entienden?
Claro que no pueden hacer eso.
Pero no es necesario que acepten cosas duras.
No hace falta que vuelvan a vivir esas palabras cortantes de Pilatos.
No es necesario que todos los días se pongan delante de Caifás, porque eso lo hacen en palabras y por medio de sus actos.
Se van directamente al Gólgota y allí se postran con el instante, la sintonización de cuando Cristo meditó allí en Getsemaní y se entregó a Su divinidad, Su aceptación y experiencia.
Pueden ustedes sintonizar con eso y entonces estarán seguros para y de sí mismos, porque entonces les entrará una inmaculada claridad.
Este es el inclinar de la cabeza humana, el preguntarse: “¿Estoy haciendo el bien o volví a equivocarme una vez más?”.
Pero el ser humano no hace más que hablar por los codos, que pensar por los codos.
No se pregunta: “¿Hay un más allá en mí?”.
No estoy dirigiéndome a ese mundo inconsciente, ahora hablo a los conscientes, hablo a la chispa divina de ustedes, a su sintonización divina, su paternidad y maternidad divinas, y cuyo universo que se dilata experimentaremos y viviremos juntos más adelante, de cara al otro lado, del macrocosmos, de Dios y Cristo.
Al final de este invierno, de estas conferencias, podrán disfrutar entonces de la luz, del verano, y entonces convertirán cada rasgo de su carácter en una conciencia radiante.
Son las flores de su espíritu, las orquídeas de su sangre vital.
Son ustedes fuertes en muchas cosas; ¿por qué no poner entonces esas fuerzas en los rasgos de su carácter y querer vivir su dilatación hacia el macrocosmos, y no de vuelta a la tierra?
Llévense ustedes mismos hacia la luz y nunca más, nunca más, por nada de nada a las tinieblas, a la disarmonía, la desintegración, al Pilato, a los Caifás en este mundo, por su pensamiento y sentimiento.
No, vayan directamente por el Gólgota, conscientes y seguros con su amor, su tarea, sus actos para su padre, madre, hermano, hermana, sus hijos, a la primera esfera, que es armonía, que es justicia en el otro lado.
A partir de ahora accedan allí a un templo.
Comiencen con cada rasgo del carácter, para cimentarlo con respecto a Cristo.
Construyan aquí todavía en su sociedad con su vida un templo de sabiduría, porque a fin de cuentas y al fin y al cabo es lo que ustedes son.
Son ustedes un templo divino, porque dentro de ustedes viven la fuente primigenia, la Omniluz, la Omnivida, la Omnialma, el Omniespíritu.
Pero la personalidad de eso la tendrán que asimilar, o sea, ganársela por medio del amor, y solo entonces despertará el Dios de amor bajo su corazón humano, paternal y maternal.
Gracias.