El Gólgota

—Conoces ahora la pirámide, y sabes lo que significa este asombroso edificio.
Ven, André, vamos a seguir más y más, hasta nuestro último estado.
Aún me queda mucho que aclararte.
La pirámide estaba lista y allí donde vamos, se esperaba el nacimiento de Cristo.
Llegaría el perfecto Hijo de Dios, y se dio a sí mismo.
—Qué elevado es, Alcar, no tengo palabras.
¿Es esto un destino de peregrinación?
—Sí, André, pero el ser humano no entiende lo profundo y sagrado que es todo.
—¿Podemos llegar a conocernos por medio de la pirámide, Alcar?
—Así es, André, es el propósito de esta edificación.
En las esferas se sabía que el ser humano se olvidaría y que pasarían miles de años antes de que el ser humano conociera ese edificio de piedra.
Si de este lado no se hubiera incidido en un solo ser, un general, la gente aún no sería consciente de que tenía ese significado.
—¿Se habría perdido entonces este conocimiento?
—Todos los seres que trabajaban en eso hicieron la transición.
Es el gran misterio y secreto, el ser humano tiene que llegar a conocer esto y a sí mismo, tiene que esforzarse por eso, o sea, nada a cambio de nada.
—Ay, ahora le comprendo, Alcar, es muy natural.
Porque de todos modos no lo habrían comprendido.
—Muy bien, André, así es.
Todo está atado a eso, incluso las tinieblas, cuando aún no había nada.
El ser humano se convirtió en el creador de luz y tinieblas, pero el ser humano mismo tiene que merecer la luz.
Pero ¿no están presentes en la naturaleza todos esos milagros?
¿No te he aclarado todo y no lo volvemos a encontrar en la pirámide?
¿No están atadas a eso la muerte y la vida eterna?
En la naturaleza, en el universo, se ve esto a cada segundo, y sin embargo se quedan mirando sin sentimientos, sin comprensión, piensan que nosotros y otros somos fantasiosos.
Están muertos en vida y aún tendrán que despertar, pero solo dentro de miles de años.
Esos muertos en vida clavaron al perfecto Ser humano en la cruz, y también en eso ayudamos todos.
Todos nosotros, que nacimos en ese tiempo y más tarde en la tierra, y también los que todavía vivimos allí, todos clavamos al Ser humano perfecto en la cruz.
Sigue ocurriendo a cada segundo, porque no nos conocemos a nosotros mismos.
Dios mío, tienes que perdonarnos a todos, porque estamos enmendándolo.
Por eso recé, hijo mío, y pedí fuerzas a Dios.
Si hay una sola iglesia en la tierra que es sagrada y pura, es la pirámide.
Si hay un solo edificio en que el ser humano puede llegar a sí mismo, es allí.
Sin embargo, entran allí tranquilamente como en un museo en que están todas las curiosidades.
Olvidan que entran allí en el corazón de Dios y en Su perfecto Hijo.
No comprenden nada, nada, del significado profundo y sagrado.
Para eso los maestros descendieron a la tierra y nacieron almas.
Si el renacer no hubiera sido un hecho, entonces no se podría haber realizado este edificio, este templo de Dios, porque no había eruditos en la tierra que podrían haberlo hecho.
¿Por qué ya no están esos genios en la tierra?
Tampoco ahora comprenden todavía por qué en esos tiempos la gente era tan docta.
¿Dónde están esos artistas? ¿Dónde viven esas personas?
Venían del otro lado, hijo mío, como todo, todo lo que hay en la tierra.
Te lo mostraré en este viaje.
La música, la pintura y la escultura, todo se organizaba desde este lado.
Desde aquí estas almas descendieron a la tierra y se les concedió convertir sus sentimientos en arte.
Pero ya no quedan tampoco estos artistas.
¿No es también eso un misterio?
¿Por qué vivieron esos artistas en la tierra?
Ya te lo he contado, pero lo repito una vez más: porque la tierra necesitaba arte y sensibilidad.
Pero no se entiende todo ese arte.
Ellos comprenden lo que poseen, pero de dónde, por medio de qué y para qué es todo esto, no, eso no pueden aceptarlo.
Cuando hablo de “ellos”, André, quiero decir los eruditos de la tierra, porque son ellos quienes tienen que llegar a conocer todos estos problemas.
Pero siguen estando muertos en vida, porque no han alcanzado aún el punto para poder comprender esto.
Yo pertenecía a los que pudieron traerlo y darlo a la tierra.
También nosotros teníamos que enmendar algo.
Pero cuando mi trabajo estuvo listo hice la transición, como hicieron la transición ellos cuando estuvo lista la pirámide.
Milagros, André, todo son milagros, y aun así se dice por allí: “Ya no hay milagros, no conocemos milagros”.
Esperan milagros, pero los tienen delante, sin embargo son espiritualmente ciegos.
¿Acaso han de llegar más milagros todavía?
¿Todavía no bastan los que hay en la tierra?
¿Acaso no es también un milagro, una revelación, el cuerpo humano, cuando saben todo esto?
¿Tienen que llegar todavía más milagros, que de todos modos ellos no comprenderán?
Ay, esos tontos, esos pobres de espíritu.
Y para eso volvemos ahora a la tierra, también a nosotros se nos concede llevar a cabo una pequeña misión.
Mira, André, estamos en la Tierra Santa.
En tu tiempo ya no habrá nada sagrado aquí.
Blancos y morenos siempre están peleando y se odian.
Esta Tierra Santa está maldita y es culpa de los seres humanos.
Esto sigue siendo la Tierra Santa, y así será siempre, porque aquí vivió Cristo, el Hijo sagrado de Dios, y aquí se le clavó en la cruz.
El mundo da sus vueltas y el ser humano vive, pero ellos se desfogan.
Ven, André, lo conozco por aquí, y también tú conocerás esta ciudad sagrada.
Algún día vivimos aquí, yo como el padre, mi madre como mi consorte y él, mi amigo, como nuestro hijo.
Te mostraré esa imagen, trae hermosos recuerdos.
Aquí desperté, hijo mío, y me volví despierto y consciente.
Alcar entró ahora en una calle muy angosta.

—Nuestra casita ha desaparecido, pero aun así llegaré allí donde viví algún día.
Lo espiritual es y seguirá siendo para la eternidad, no se puede romper ni quitar.
Mira allí, André, una de mis muchas moradas en la tierra.
André empezó a percibir.
Se vio ante el pasado.
Esta morada había sido construida con piedra y barro.
¿Qué vería y viviría ahora?
Alcar entró y lo siguió.
Entonces su líder espiritual le dijo:

—¿Ves esa mujer allí, André?
En el mismo instante se manifestó otra escena y vio lo que le preguntaba su líder espiritual.

—Sí, Alcar, la veo, y me parece asombroso.
—Mi mujer, André.
Te mostraré algunas escenas de esos tiempos y te conectaré con su vida interior.
¡Mira su irradiación espiritual!
Mira cómo emana radiación, cómo es su posesión interior.
Tiene treinta años y algún día fue mi madre.
Un milagro increíble, y sin embargo es la sagrada verdad.
Su alma está lista para dar mucho amor, así que carga una gran posesión interior.
En esta reside todo lo que el ser humano haya asimilado en miles de vidas.
Intentamos asimilar algo de una esfera de demonios y para eso hacen falta todas esas vidas, como ya te dije muchas veces.
Ahora te mostraré otra escena.
Mira, hijo mío, el pasado está abierto para ti.
André vio otro ser.
Este ser humano era grande y ancho, y estaba en la flor de la vida.
Lo acompañaba un niño, un chico de unos seis años, y entraron en la morada.
André entendía lo que significaba.
Era Alcar, no podía ser de otra manera.
Miró a su líder espiritual y esperó si Alcar lo confirmaría.
La mujer los abrazó a los dos.
Luego se sentaron y los oyó hablar.
También eso fue asombroso, porque entendió cada palabra que se dijo.
Se trataba de cosas cotidianas y se trataba de su hijo.
Entonces Alcar dijo:

—Ese soy yo, ese fui yo, algún día, André.
Aquí viví.
Es mi madre de hace siglos y ese chico es mi amigo, del que te hablé.
En esta vida había tranquilidad, por lo menos en los primeros años, y llegué a conocerme.
En esta vida y en muchas otras llegué a tranquilizarme, yo mismo hice la transición en otro mundo de los sentimientos.
Te lo aclaré en nuestro viaje anterior.
Aquí tuve que trabajar duramente para el pan de todos los días.
Aquí, en la Tierra Santa, que entonces no era santa todavía y de la que no se conocía aún nada, aunque se hablara de algo milagroso, pero no se conocía la certeza de eso.
Todavía no se sabía que llegaría Cristo.
Este milagro ocurrió muchos años más tarde, pero no se nos ha concedido vivirlo.
—¿También se puede ver todavía, Alcar?
¿Puede usted conectarse también con ese milagro?
—Sí, por supuesto, André, todo está determinado y también eso te lo mostraré.
—A veces se dice en la tierra que es una leyenda.
—Quien dice eso se maldice a sí mismo, como se maldecían los que vivían en esos tiempos y clavaron a Cristo en la cruz.
Te he conectado con el pasado de varias maneras, te he mostrado mi propia vida y la de otros, has visto el origen de la creación, hemos podido seguirlo todo, ¿y acaso esto no sería posible?
Te lo mostraré, hijo mío, pero no solo el horrible acontecimiento en la tierra, sino también lo que ocurrió de este lado y cuando se celebra esta sagrada fiesta de nuestro lado.
Pero será solo más adelante, André.
Los primeros años, como dije, pasaron felizmente, pero entonces comenzó la miseria.
Te mostraré esta imagen.
Mira, hijo mío.
André empezó a percibir.
Esta imagen se difuminó, y percibió otra.
Vio un lecho de enfermo delante de él.
Allí había un enfermo, y comprendió también esta escena.
Oía ahora cómo se hablaba, y vio que el niño había crecido y estaba al lado del lecho de enfermo de su madre.
Era ahora un hombre joven, fuerte y grande.
André se sintió atraído a él, pero no sabía por qué.
—Todavía me necesitas tanto —oyó decir a la madre—, y ahora me voy.
¿Así que ella sabía que iba a morir?
¿No le temía a la muerte?
¿Albergaba esa posesión?
Nuevamente oyó que se hablaba:

—Tienes que cuidar a papá, amarlo con todo tu corazón y no ser tan irascible.
¿Lo cuidarás bien?

Le acarició la cabeza y sus oscuros rizos negros.
‘Una escena muy íntima’, pensó André.
Cómo es posible que se pueda volver a evocar.
Esto había pasado hace siglos.
El joven estaba al lado de ella y la miró.
Luego dijo:

—Usted no se va, se queda, haré lo que pueda.
André sintió que Alcar lo mantuvo conectado.
Entonces oyó que Alcar dijo:

—Un mes más tarde ella partió y entró en el mundo espiritual.
Los dos nos quedamos solos.
Mi hijo tenía veinticuatro años.
André seguía viendo esta imagen y ahora le entró un sentimiento milagroso.
Cuando lo percibía y se sintonizaba con él, se sentía como él mismo, como si fuera este joven hombre.
Sin embargo, ese ímpetu, ese sentimiento efervescente que había en este joven, él no lo albergaba.
Pero en varios rasgos de carácter se sentía uno solo con él.
‘No son más que ideas mías’, pensó, porque Alcar no dijo nada.
Ahora esta imagen se hizo borrosa y vio otra.
‘Qué pena’, pensó, este sentimiento era curioso y le habría gustado conservarlo más.
Volvió a ver a este joven, pero ahora en la naturaleza.
Se encontraba fuera de la ciudad, y andaba por allí sin rumbo.
Por lo visto, esperaba a alguien.
Entonces se sentó.
La imagen que André vio ahora era asombrosa.
Habían vuelto a entrar en él esos otros sentimientos.
Allí, a lo lejos, veía que alguien se acercaba, ese joven lo miraba, se levantó de un salto y corrió al encuentro de esta aparición.
También ahora André sintió que algo curioso empezaba a entrar en él, porque también él quería acercarse a toda velocidad a ese otro ser, pero en ese mismo instante ya no pudo seguir más, algo lo detuvo, le impuso un alto.
Entonces se volvía a sentir a sí mismo, y André vio que era una joven mujer, a la que él abrazó con emoción.
Se quedaron allí algún tiempo, y al caer la noche él volvió a casa.
Estas dos personas se amaban.
Nuevamente, se difuminó esta imagen, y vio otra escena.
Ahora habían pasado algunos años, porque André vio que estaba más viejo.
También vio a su padre.
Ahora el hijo se había casado, pero se había quedado con su padre.
También esta imagen se difuminó y vio otra.
Enseguida sintió un gran cambio.
Ahora había desaparecido la tranquilidad, porque sentía miedo y tristeza.
Este sentimiento dominaba todos sus demás sentimientos.
Ahora lo vio entrar.
En un rincón de la habitación vio a su padre.
Cuando entró, su padre se abalanzó sobre él y oyó algunas palabras, que le hicieron comprender toda la escena.
—Patán, estafador que eres, estás en manos de Satanás.
André miró a su líder espiritual.
Lo atravesó una sacudida cuando oyó que el hombre pronunció estas palabras duras y terribles.
—Es lo que ocurrió, André, él la engañaba.
Ella sufrió lo indecible, pero también tenía que enmendar.
Este matrimonio, del que nacieron dos hijos, fue un fracaso total.
Sin embargo, yo no podía hacer nada, porque no me hacía caso.
Qué hermosos fueron los primeros años, qué terribles estos.
Habíamos vivido por medio de la que se había ido, y solo ahora nos estábamos convirtiendo en nosotros mismos.
Me quedé atrás solo y abandonado, y sentí los golpes de mi propia vida.
Mi alma se marchitaba y sufrí bajo toda esta miseria.
Así seguí viviendo y fueron pasando los años.
¿Que qué ocurrió con él?
Ya no volví a verlo, porque todos nos fuimos por nuestro propio camino.
Igual que lo que me pasó a mí, el final de mi hijo fue espantoso.
Ella, sin embargo, pasó a otras manos y tuvo que aprender mucho, muchísimo, porque también ella tenía culpa.
Mi hijo y yo ya no volvimos a vernos, solo en el siglo XVII volví a ver a esta alma, y fue mi amigo.

Te he hablado de eso, de lo profundo que era mi amor y lo antinatural que eran estos sentimientos.
También de eso te contaré más al final de este viaje.
Cumplí casi setenta años, y cuando llegó mi fin vivía en pobreza.
Solo y abandonado, sucio y contagiado entré al mundo de lo inconsciente.
En esta vida aprendí muchísimas cosas, él, en cambio, se había destruido a sí mismo.
Solo en las vidas que suceden a esta me haría consciente.
Ahora iré a esos tiempos, André, de cuando iba a nacer Cristo, porque ya no tengo nada más que decir de eso.
¿Has podido seguirme en todo, André?
—Sí, Alcar, he podido seguirlo.
Pero entró algo en mí que yo mismo no comprendo ni tampoco puedo aclarar.
Tal vez usted pueda ayudarme.
Cuando me mostró y aclaró todo esto, fue como si yo fuera ese niño, el hijo de usted.
El sentimiento que entró en mí era tan poderoso, es casi imposible que me equivoque.
Aun así, no quiero imaginarme cosas.
Tampoco me es posible expresar estos sentimientos en palabras.
Luego entendí todo lo que se decía y me atravesó una fuerte sacudida.
¿Es imaginación mía, Alcar?
Cada palabra vibró en mi alma, era como si hablara yo mismo, y me embargó una profunda tristeza.
No puedo aclararlo para mí mismo.
Alcar miró a su instrumento y dijo:

—¿De verdad, André, sentiste eso?
¿Has podido percibir esa vibración en tu profundo interior?
—¿Es porque me ha conectado con él?
—En efecto, André, lo has entendido.
Haber entendido ese idioma también es algo que has vivido varias veces de este lado.
Podemos entender y hablar todos los idiomas del mundo, porque se nos conecta en sentimientos con los seres humanos.
Alcar volvió a mirarlo, pero no dijo nada, y pasó a otra cosa.
Sin embargo, André volvió al asunto y dijo:

—Sí que es curioso, Alcar, fue como si lo conociera.
—¿No basta mi respuesta?
—Sí, Alcar, pero aún no lo comprendo.
—Espera un poco más entonces, también esto te quedará claro cuando hayamos llegado a ese punto.
Aún no ha llegado ese momento, así que ten un poco más de paciencia.
—André inclinó la cabeza y esperó.
—Aquí pertenecíamos a los judíos, André.
Cualquiera que viva en la tierra, sea cual sea su raza (véase rulof.org/es/no-existen-las-razas), vivió aquí algún día y ha tenido que seguir esas leyes, que son leyes naturales.
En todas las razas humanas (véase rulof.org/es/no-existen-las-razas) hacemos la transición, y no queda un lugar en la tierra donde no hayamos estado y donde no hayamos vivido.
Todo esto está relacionado con el organismo material, los muchos grados que existen y las muchas razas (véase rulof.org/es/no-existen-las-razas) que viven dispersas por la tierra.
De una vida hacemos la transición en otra y en esas vidas asimilaremos algo.
Ven, vamos a seguir, tengo muchas más cosas que mostrarte.
—¿Cuánto tiempo pasaría, Alcar, antes de la llegada de Cristo?
—Cristo nació unos siglos más tarde.
En la tierra no se le comprendía.
El perfecto Hijo de Dios moriría en la cruz.
En esos tiempos, el pueblo se había rebelado.
Los romanos eran los que dominaban esta tierra, y en ese caos nació Cristo.
Ahora voy a conectarte con ese tiempo, y percibirás que no es una leyenda.
Que Dios permita que la humanidad en la tierra empiece a sentir y comprender esta cosa sagrada, pero aún no hemos llegado hasta ese punto.
Ven, André, vamos aquí, sígueme.
André siguió a su líder espiritual.
También ahora le entraron sentimientos extraños.
Vio la ciudad antigua y las calles angostas le resultaban familiares.
Era como si reconociera cada piedra.
‘Dios mío’, pensó, ‘¿qué es eso?’.
Desterraría todos esos sentimientos de su interior, porque esto sí que no podía ser.
Era autoengaño.
Sin embargo pensaba una y otra vez en esto, como si tuviera que ser así, como si lo quisiera otra fuerza, más fuerte que él mismo.
Conocía esta ciudad, nada le era extraño, y lo más asombroso, sin duda: sabía a dónde iba Alcar.
Pero no dejó de seguir a su líder espiritual.
Alcar salió de la ciudad, no podía recorrer otro camino que este.
Pero ¿por qué lo sabía?
¿Se lo haría sentir Alcar?
‘Ay’, pensó, ‘por qué no pensé en esto.
Qué tonto que soy, Alcar me hace sentir todo esto’, y cuando lo hacía su líder espiritual, André estaba telepáticamente conectado con él.
Sin embargo, esta vivencia era ahora distinta.
Ahora estaba más dentro de él, ahora lo vivía de manera más clara e íntima, esto era más la realidad, como si fuera de él mismo, como si volviera a vivir aquí.
‘Mira’, pensó, ‘esto se me hace conocido.
Y allá, también eso lo conozco’.
Allí delante de él estaba el Gólgota, y allá el Monte de los Olivos.
Todo le era conocido.
Una vez fuera de la ciudad sintió otra cosa más.
Conocía todas esos viejos muros, y ¿qué era?
¿Lo estaba viendo bien?
Nuevamente sintió que le entró esa sacudida.
Vibró hasta la profundidad de su alma.
Allí había unos chicos jóvenes jugando.
‘Oh’, pensó, ‘ahora lo comprendo.
Son los pensamientos de Alcar, pertenecía a su propia vida.
Alcar sigue pensando en todo, en esta vida, en ese tiempo, y ve el pasado y lo vive.
Soy uno solo con Alcar y empiezo a ver y sentir esta cosa sorprendente, y la percibo tal como la percibe Alcar.
‘Así debe de ser’, pensó André, ‘no puede ser de otra manera’.
Allí jugaba su hijo, a esto estaban ancladas todos esos recuerdos.
Eran imágenes del pasado, y esas imágenes tenían que ver con su líder espiritual, abrían algo que se había vivido hace muchos siglos ya.
‘Debe de haber sido sin duda muy intenso’, pensó André, nunca antes había podido seguir en todo a su líder espiritual de manera tan profunda, tan íntima.
Todo volvía ahora que su líder espiritual estaba nuevamente aquí e hizo la transición en ese pasado.
Era asombroso, y sin embargo: algo así no había vivido nunca antes.
Alcar se detuvo y dijo:

—¿Has podido seguirme, André?
Desde lejos te envié lo que viví y volví a percibir.
—Sí —suspiró André—, todo, todo lo he vivido de manera tan intensa como no ha ocurrido nunca antes.
Sé ahora por qué lo sentí y viví de manera tan intensa.
Es imponente, Alcar, y un gran milagro.
Allí está su hijo, Alcar.
Su líder espiritual estaba sumido en pensamientos, y André siguió percibiendo.
Luego Alcar dijo:

—¿Ves allí esa alta montaña, André?
—Sí, Alcar.
—El Gólgota, hijo mío.

Quien oiga como ser humano cómo se pronuncia esta palabra, tendría que poder no cometer pecados y errores al instante.
Pero los seres humanos en la tierra no quieren ser hijos de Dios, y por lo tanto son insensibles, no sienten lo que esto significa.
Pronto iremos allí, porque tengo muchísimas cosas que mostrarte allí arriba.
Te pido que te prepares para eso, André, si no quieres que se te rompa el corazón, que te desplomes de pena, por la realidad que vivirás.
André se asustó, pero se recobró al instante.
También esto le pareció extraño, pero comprendió que su líder espiritual le estaba ayudando.
Aún seguía viendo el hijo de Alcar.

—Mira —le dijo su líder espiritual—, mira, André, qué feliz era mi chico.
Eran los momentos más hermosos de esta vida.
Cuántas veces pude encontrarlo aquí.
Entonces aún no sabía ni comprendía nada de lo que sé y siento ahora.
Mira su juventud, André.
En nada hay pena o miseria.
Así vuelve el alma a la tierra, así somos todos.
Tenemos cientos de vidas a nuestras espaldas, y no sabemos nada de eso.
Y sin embargo: qué sencillo es todo.
Allí tiene ocho años.
No obstante, su final ya está en él.
Esa miseria que alguna vez ya había infligido a otra persona entró en esta vida juvenil.
Primero tenemos que encontrarnos para deponer eso, solo entonces llegan todas esas otras vidas.
Ya no puede hacerme sentir triste.
Sabemos que esto no es ningún sino, que esto está determinado y que es algo que todos viviremos.
En unas vidas ricos, en otras pobres; sin embargo nos creamos un estado propio, en cada vida intentamos crearnos un mundo propio.
Y ese crear es tan sencillo, sobre todo cuando buscamos el mal.
Entonces todo funciona por sí solo, y alcanzamos lo que queremos alcanzar.
Entonces nos vemos como los autócratas del bien y del mal, de las tinieblas y de la luz.
No hay ser humano que pueda detenernos, puesto que nosotros mismos lo controlamos, vivimos como queremos vivir.
Sigue a esta criatura y siente qué profunda es esta vida del alma.
Pero en cien vidas en la tierra ¿qué podemos asimilar?
Cientos de vidas pasan en el mal, entonces somos demonios, diablos del infierno y destruimos la vida de Dios.
En esas vidas rompemos con las leyes de Dios, y queremos asimilar esas leyes, para afectar así a otros, destruirlos, para dominarlos, a ellos y a todo el mundo.
Entonces respondemos a todo llamada y nos damos por completo, y no nos preguntamos si eso tiene que ser enmendado.
Así la vida del alma desciende en el organismo material, y la vida terrenal va a empezar.
Dios mío, qué imponente y natural es todo, qué grande es nuestra vida, qué profundo y sagrado Tu amor.
Una y otra vez recibimos Tu vida, y ¿en qué medida aprovechamos nuestra vida terrenal?
Dios no nos impone ningún alto, André, Dios nos lo dio todo.
Más que nunca antes te quedará claro ahora, sobre todo después de todo lo que te mostraré más adelante.
Ahora haré la transición a esos tiempos, cuando iba a nacer Cristo.
Prepárate, aférrate de mí, pide fuerza a Dios, André, te espera lo más sagrado que podrás vivir en este viaje y que vivirás jamás.
Ya hay susurros sobre un niño prodigio.
En algún lugar de esta tierra, en casa de personas muy humildes, había nacido un niño prodigio.
Era hijo de un carpintero y antes de cumplir los ocho años este niño prodigio ya lanzaba una llamada, un susurro que pasaba de una persona a otra, por el país entero.
Pero ya se había hecho verdad el primer milagro divino en Egipto.
La pirámide de Giza había predicho el nacimiento de este niño y la estrella polar proyectó su brillo en la cúspide de la pirámide.
En ese mismo momento nació Cristo.
Una primera predicción y el primer milagro divino de esta misión se habían hecho verdad.
La pirámide ya ha confirmado por lo menos un acontecimiento.
Un relámpago surcó el universo y la luz divina de Dios volvió y en ese momento quedó determinado que el ser humano se olvidaría.
El ser humano recibiría un sol de amor, pero con un movimiento brusco, el ser humano alejó esta luz dorada.
Por ese acto, el ser humano se ha maldecido a sí mismo.
Quien pudiera abrir los ojos interiores en ese momento habría podido percibirlo.
Allí estaba la pirámide, como un símbolo de la realidad, y por más vieja que se haga la tierra, cuando las montañas y los seres humanos perezcan, esto se quedará, es la voluntad de Dios.
Esto no se puede destruir, el que piense poder demolerlo se destruye a sí mismo.
Dios recibió la luz dorada de rebote en el rostro, el ser humano en la tierra no aceptaba.
En esos tiempos, la pirámide estaba envuelta en una densa emanación, y así se mantuvo.
Pasarían cientos de años, solo entonces el ser humano abriría los ojos, después de haber dormido todos esos siglos.
Por lo tanto, el nacimiento de Cristo estaba determinado en la pirámide, y este milagro ocurrió en el segundo exacto.
También el reflejo de la luz divina de Dios, esa luz de amor dorada.
Ambos acontecimientos eran un solo hecho, un solo estado y una ley, como solo puede serlo un milagro divino.
Pero el ser humano rompió por la mitad una ley divina.
Lo viviríamos, y así fue.
Ven, hijo mío, vamos a elevarnos.
Te ayudaré en todo.
El Gólgota te espera.
Serás conectado con la realidad.
Se me concederá aclararte tres problemas imponentes pero espirituales, lo contemplarás con tus propios ojos, pero dos problemas pertenecen al pasado.
André vio un sendero estrecho que serpenteaba hacia una alta montaña.
Andaba al lado de su líder espiritual que estaba sumido en pensamientos.
¿Qué viviría ahora?
Se sentía muy tranquilo y albergaba un extraño silencio.
Comprendió que Alcar le daba esta tranquilidad, y que seguía conectado con él.
André se estremeció, porque sabía de sobra lo que le esperaba.
‘Dios mío’, pensó, ‘¿también esto he de vivirlo?
¿Quién me creerá, sin embargo?’.
Y aun así, Alcar había vivido donde habían estado hace un momento, esto era Jerusalén.
Aquí vivió Cristo, aquí, en esta ciudad, se le había crucificado.
Sentir el pasado así era milagroso.
No había interferencia en nada, lo comprendía todo.
De ese lado se podía volver a evocar todo y se volvía a vivir.
El silencio que le entró se hizo incluso más intenso.
Poco a poco fueron subiendo y temblaba a cada paso que daba.
Lo atravesó un escalofrío.
Al pensar en estos acontecimientos le entraban ganas de llorar.
Lo invadió una poderosa fuerza, y empezó a sentir incluso más profundamente.
También eso lo comprendió, porque venía directamente de su líder espiritual.
Alcar iba avanzando tranquilamente, con las manos en la espalda.
Tenía que pensar, lo quisiera o no, lo atravesó un flujo imponente y esa fuerza lo hacía pensar.
Aquí vivía algo y ese algo que sentía en sí eran los acontecimientos.
Si se sintonizaba más profundamente y empezaba a percibir, veía sombras.
Aquí había seres innombrables, personas visibles e invisibles.
Ahora las veía con mucha claridad.
Las visibles eran las personas materiales, y era el Jerusalén como era ahora, en su tiempo.
Los seres invisibles eran las personas espirituales y habían muerto en la tierra.
Ahora que se sintonizaba en esto empezó a percibir mejor.
Mirara donde mirara, en todas partes había de estos seres espirituales.
Todos estaban postrados, sumidos en oraciones.
Sentía un sagrado respeto por ellos.
‘Sí’, pensó, aquí uno se encuentra a sí mismo, aquí se puede experimentar cosas, aquí se puede rezar.
Pero veía más.
Allí, a diestro y siniestro, veía a miles y miles de seres juntos.
¿Era Alcar quien se lo mostraba?
Seguro que sí, porque hace un momento no lo había percibido.
Los veía en largas filas, y ahora empezaban a dispersarse.
¿Habían venido aquí estos seres?
¿Eran peregrinos?
Todos habían muerto en la tierra y vivían del otro lado.
Sabía que habían hecho la transición, porque lo notaba en su irradiación.
Los seres humanos materiales eran diferentes, una vestidura material irradiaba otra luz.
La mayoría de ellos llevaba vestiduras espirituales, otros pocos, en cambio, no.
También eso lo comprendía.
Aún no habían llegado tan lejos, y todavía no era su posesión.
Continúo siguiendo a Alcar.
Había miles de personas aquí, pero ahora solo las que habían muerto en la tierra.
Muchas pasaron a la oración, otras subieron andando con ellos, porque Alcar aún no había alcanzado la parte más elevada.
Vio que muchas lloraban.
Dejaban vía libre a sus lágrimas, sin avergonzarse de ello.
Todas estas personas eran como niños.
‘Mira su rostro, siéntelo y entra en ellas’, pensó André.
Lo entendería e intentaría ir adentro.
Cerca de la pirámide había sentido algo parecido.
¡La clase de milagros que había en la tierra, y el ser humano no sabía de ellos!
Todos estos seres eran como criaturas de la eternidad.
Llevaban en los brazos flores espirituales flores tan blancas como la nieve.
Eran transparentes y no crecían en la tierra.
También irradiaban una luz poderosa.
Ay, Dios, qué gracia que se le conceda a uno vivirlo.
Alcar aún iba subiendo más y más.
A diestro y siniestro seguían otras personas.
Todas tenían flores.
Estas flores eran su propia posesión, lo veía y comprendía.
Eran flores de las esferas de su morada espiritual.
Vivían y crecían en su propio entorno y su pena los había hecho crecer.
Las veía de todos los colores, cada flor había alcanzado la belleza plena por medio de lucha y pena.
Así, el espíritu alimentaba su propio entorno.
Por eso todo crecía y florecía, pero también ellos mismos.
Eran los frutos de su labor.
En la tierra habían trabajado en esto, y en las esferas esta era su propia posesión.
Oh, las sentía y comprendía a todas.
Se lo llevaban todo al Hijo sagrado de Dios.
Estas flores eran para Cristo, y se aceptaba este regalo, porque se había realizado por medio de la pena y el dolor y el gran amor que todos cargaban.
Querían depositar sus regalos interiores a los pies del Hijo sagrado de Dios.
Entró en él y comprendió que Alcar lo seguía en todo.
Aquí se hablaba nuevamente de manera mental, porque no se podía hablar de otra manera aquí.
Todos tenían estos tesoros, pero también había quienes no tenían nada para llevar.
Aun así, también ellos seguían y subían.
Sentía a dónde iba Alcar.
Ahora oía cánticos, y era como si se desgarrara el cielo y descendieran todos los ángeles.
Este sonido venía a su encuentro desde lejos, y se venía acercando cada vez más, para que todos pudieran oírlo.
El Gólgota era un mar de gente.
Por donde mirara no veía más que seres humanos espirituales.
Más adelante, hacia arriba, donde había ocurrido lo espantoso.
Enseguida su líder espiritual estaría allí, una revuelta más y entonces estarían arriba.
Seguía a Alcar y esperó a ver qué ocurriría.
Ahora no se atrevía a hacer preguntas, con eso esperaría hasta que fuera posible.
Ya estaban arriba y Alcar se arrodilló; él hizo lo mismo.
André ya no podía pensar.
Empezó a rezar sin proponérselo y su oración se fue haciendo cada vez más profunda y grave.
No le surgían palabras, solo sentía.
Sin embargo, esos sentimientos eran verdaderos y puros, como podía pensar un niño pequeño.
‘¿Cómo podré enmendar esto?’, pensó.
‘Dios mío, no soy más que un insignificante ser humano, aún vivo en la tierra y trabajo allí para mi líder espiritual, y lo sigo en todo.
Me esforzaré, Padre, y me encargaré de que lo que reciba se mantenga inmaculado.
No voy a mancillar este trabajo y quiero hacer todo, todo lo que es bueno y quiera mi líder espiritual.
Padre en el cielo, no tengo flores y llego con las manos vacías, porque aún no pertenezco a ellos, a todas estas personas felices.
Mi lugar es aún en la tierra, pero cuando esté para siempre de este lado, espero que se me conceda deponer mis flores a los pies de Tu Hijo.
Ten piedad de mí, oh, Padre.
Sé que no soy nada si Tu enviado no me da nada, pero estoy agradecido por que se me conceda ser su instrumento.
Padre en el cielo, dame fuerza en mi trabajo, perdóname mis pecados y dame Tu amor, para que pueda amar a todos los seres humanos.
Oh, Dios, como te agradezco que se me haya concedido conocer el universo, ahora sé que todo es amor.
Perdóname si cometo errores, pero me encargaré de materializarlos en buenas acciones.
Entonces algún día entraré de este lado, y volveré con los brazos llenos de flores, recibidas por medio de mi propia lucha y pena.
Espero poder merecerlo, Padre, lo haré y aceptaré todo.
Que se haga Tu voluntad, amén’.
André se sentía vacío.
Ya no podía pensar, había metido en su oración todas las fuerzas que había en él.
Pero ahora había una tranquila felicidad en él.
Se sentía uno solo con todos esos miles de personas, porque todos estaban rezando.
Entonces levantaron los ojos y mantenían la mirada hacia arriba, contemplaban el cosmos infinito.
Pero ¿qué era eso?
Delante de él vio la cruz, y era como una columna luminosa.
Era inmensamente grande e irradiaba una luz dorada.
‘La luz sagrada de Dios’, pensó.
Esta cruz dorada estaba donde algún día había muerto el Hijo de Dios.
Era la sagrada verdad y la irradiación interior de Cristo.
Comprendió que pertenecía al pasado.
Vio oro, oro luminoso, y esta luz era divina.
Quien lo viera ya no pensaría en una leyenda.
Se postrarían en silencio y profunda gratitud.
Oh, ¡qué imponente era!
Todos volvieron a inclinar la cabeza, y de nuevo rezaron por fuerza.
¡Qué grande era este milagro!
Era lo más sagrado de todo lo que había vivido en sus viajes.
Era la luz verdadera y real de Cristo.
Todos recibieron la bendición con gratitud.
Descendieron en él tranquilidad, felicidad espiritual y amor inmaculado.
Inclinó la cabeza incluso más profundamente, y lo iluminó un sol dorado.
Sintió claramente el calor, penetró en él y calentó su ser entero.
Ahora todos habían sido acogidos en esa luz.
Las flores se fueron amontonando al pie de la cruz, y su irradiación se mezclaba con la luz de la cruz radiante.
Luego vio otro milagro.
Alrededor de la cruz vio un sol dorado, y los rayos de ese sol encerraban el conjunto.
Qué grande era este acontecimiento sagrado.
A partir de esto se había creado el universo, así había sido este, André había podido percibirlo en el templo del alma.
Esta luz dorada se mantuvo dentro de la cruz luminosa y alrededor de esta, e iluminó y envolvió con su radiación a todos estos seres espirituales.
Con gratitud inclinaron las cabezas y besaron la tierra.
Habían nacido de la tierra y la tierra era como eran ellos, una partícula de esta luz dorada.
André albergaba un sagrado respeto por todo esto.
Oía ahora cánticos, y todos los presentes participaron en ellos: “Dios es Amor, Dios es vida, Dios es justo en todo”.
Había ángeles cantando en la tierra y en el cielo.
De pronto el universo se desgarró y se hicieron visibles los cielos.
Reconoció todas las esferas del otro lado.
Esto tenía que ser algo particular, y significaba una cosa que él, sin embargo, no conocía ni comprendía.
Pero esperaría, porque Alcar no le dijo nada.
Esto era como una gran fiesta, y estaba en ella con Alcar.
Ahora las esferas estaban completamente abiertas, y podía mirar en cada una de ellas.
Las esferas más elevadas ya no eran visibles jamás, no se lo había contado Alcar y no lo había vivido nunca antes.
¿Qué milagro estaba viviendo ahora?
¿Se avecinaba algo? O ¿iba a ocurrir algo?
¿Por qué las esferas estaban completamente abiertas, por lo que se podía ver desde la primera esfera hasta en la más elevada?
Allí, muy en lo alto, reconoció la irradiación de la séptima esfera.
¿Qué significaba todo esto?
¿Por qué las esferas estaban abiertas?, se preguntó nuevamente.
Nunca antes lo había vivido del otro lado.
Era una revelación de Dios, porque ¿quién más podría hacer esto?
Oh, ahora empezaba a sentir y Alcar estaba incidiendo en él.
—Va a empezar la Navidad en las esferas.
En la tierra se festeja más tarde, en las esferas mucho antes. —Le entró.
La Navidad, ¡la fiesta sagrada de Cristo!
Dios mío, qué imponente es todo.
—Por eso han venido aquí todos esos seres espirituales, festejan la fiesta de Cristo y se les conecta con Él.
Es, por lo tanto, la conexión con el Hijo perfecto de Dios, y se vive de ese lado.
Más adelante oyó decir a Alcar:

—Soy tan feliz, André, de que se te conceda ver esto.
Lo vemos cada año.
La séptima esfera se conecta con la primera.
Hay aquí millones de seres, y vivirán lo espantoso.
Todos han venido para eso y, al igual que nosotros, percibirán el pasado.
‘Gracias a Dios’, pensó André, ‘yo solo no podría procesar esto’.

—Mira esta luz, hijo mío, es el universo y es la luz de Dios mismo que has percibido en el templo del alma.
Es la realidad.
Es el acontecimiento verdadero de cuando se clavó a Cristo en la cruz.
Detrás de la cruz material e invisible para las personas terrenales se alcanzaba a ver la luz de Dios mismo.
Porque Dios velaba por Su Hijo y acudía en Su ayuda.
Pero a Dios se le pegaba en el rostro.
Él lo permitía y se asesinó a Su Hijo.
Sin embargo, todo esto estaba presente, lo percibimos nosotros y billones de otros, desde la esfera más elevada hasta la más baja de este lado.
Todos los que inclinan las cabezas, que quieren dar y abrirse, pueden ser conectados.
Todo esto es sagrado, no lo olvides jamás, André, esto precedió la crucifixión.
Es lo que percibieron quienes aceptaban en Él al Hijo de Dios, y eran los afortunados.

Sin embargo, este acontecimiento es perceptible aquí y sigue siéndolo, cada año se nos vuelve a conectar.
Inclina la cabeza, hijo mío, y sé agradecido.
He sentido tu amor, sé feliz.
Dios te bendiga a ti y nuestro trabajo.
Ahora sonaron cánticos angelicales, y la tierra vibró.
Una sacudida los atravesó a todos.
¿Qué ocurriría?
Todos miraron hacia abajo.
Allí André oyó un ruido tremendo y chillidos, se había acabado el silencio sagrado.
Había personas que venían acercándose.
¿Qué viviría ahora?
¿Iba Alcar a conectarlo nuevamente?
Todos los que estaban aquí se arrodillaron nuevamente y rezaron.
Estos chillidos provenían de la ciudad.
Era espantoso, y André pensaba que lo comprendía.
Lo asaltó una profunda pena.
Lloró, ya no podía controlar sus lágrimas, porque comprendió lo que sentía y lo que ocurriría.
Ay, Dios, ¡qué terrible!
Los primeros ya habían llegado al pie de la montaña.
Millones de almas estaban mirando lo que había ocurrido algún día.
Fue la Navidad en las esferas, el mundo espiritual estaba siendo conectado con el pasado.
“¡Crucifíquenlo!
Crucifíquenlo!”, no oía otra cosa.
Allí venían.
Ahora no había espíritu que se quedara en su lugar, todos descendieron.
Los guerreros se habían ubicado en una plataforma.

Ahora André sintió que entraba en otro estado, y empezó a percibir el mundo material.
Se vivía la crucifixión de este lado como había ocurrido en algún momento en la realidad.
Seres humanos, conózcanse, recen, recen por no pertenecer a ellos.
Cada segundo se crucifica a Cristo en la tierra.
Estas palabras fueron como latigazos en su alma.
Oyó que se las decían a él, y era como si fueran para él.
Cristo ha sido crucificado, el Hijo sagrado de Dios ha sido asesinado.
Cuando se clavó al Hijo de Dios en la cruz, la tierra se fue quedando en tinieblas.
Nadie de ellos se atrevió a levantar la mirada, estos seres espirituales vivieron este proceso verdadero, horrendo en su profunda vida del alma.
Y todos rezaron y pidieron perdón.
“No robes, no asaltes, no rompas corazones, no denuestes el amor que se te dé, porque siempre crucificarás a Cristo”, dijo un voz dentro de André.
Esa voz vibraba en su alma.
Cada palabra le entró y pudo seguirla.
“Hijos míos”, oyó decir nuevamente, “Dios está en ustedes, siempre lo ha estado.
Su propia vida está siendo destruida, y ven cómo se ha comprendido al Hijo sagrado de Dios.
Hay una maldición que descansa sobre el ser humano terrenal, sobre todos nosotros.
Pero es cosa nuestra predicar este acontecimiento y abrirles los ojos.
Todos ustedes están aquí en su recorrido de peregrinación y aceptan.
Que Dios los bendiga a todos”.
Luego siguieron otros cánticos.
La gente estaba radiante de felicidad.
Muy por encima de ellos veían esta escena horripilante.
Nadie se atrevía a mirar más allá, y André comprendió por qué desaparecía, era imposible seguirlo todo.
Era imposible vivirlo, porque ¿se podría cargar con esto?
Se les había mostrado la realidad, la habían visto y comprendido, no era posible sentir más a fondo ni percibir incluso más allá.
Esas fuerzas aún no estaban en ellos, y sucumbirían.
Sin embargo, vio que el proceso continuaba.
Allí estaban los verdugos, y allí los dos otros, que habían sido sacrificados con Cristo.
Ahora ya no había nadie más que hablara, pero quien sintonizara con esta situación inhumana podía ver, y vivía esta cosa horrorosa que algún día había ocurrido.
Dios mío, ¿quién puede ver que ocurre esto plenamente consciente?
Muchos habían sucumbido ya, pero André se quedó y sintió y comprendió de quién recibía estas fuerzas.
Se aferró a su líder espiritual, y ahora comprendía las palabras de este de antes de que subieran.
No, no quería sucumbir.
Oh, cómo lloraba dentro de él, no quisiera ver nada ya, esto ya le parecía suficiente, esto ya era espantoso, pero una fuerza que lo superaba lo obligaba a ver lo que ocurría aquí.
Esa fuerza quería que percibiera.
Aquí había seres espirituales y muchos se habían venido abajo, pero él tenía que ver y vivir, aunque por poco sucumbía de emoción.
Dios mío, qué pena, no podía más y sin embargo esa fuerza lo mantenía en pie.
No podía soportar esto, y su alma clamaba por ayuda.
Sin embargo se mantenía en pie, la fuerza en su interior era grande.
Allí estaban los verdugos de nuevo.
Ahora pensaba que enloquecería de dolor.
Ay, Dios mío, eso no, no permitas que se asesine a Tu Hijo.
Asesínanos a nosotros, pecadores, pero a Él déjalo tranquilo.
Se dio a sí mismo, Su interior, Su sangre y todo Su Amor.
No obstante lo asesinan.
Oye esos golpes, oye cómo cada golpe destruye y desgarra Su carne sagrada.
Ay, Dios mío, cómo puedes aprobar esto.
Este final es trágico, significará una maldición.
Qué espantoso.
Ay, abáteme, pero no dejes que ocurra eso, no lo soportaremos, romperá la vida del alma más profunda.
Oh, Dios, ten piedad de ellos, no saben lo que hacen.
André aún oía los golpes de martillo, y vio a esas horrendas personas alrededor de Cristo.
Luego ya no pudo más.
Sin embargo, esa fuerza lo obligaba una y otra vez a seguir viendo, oyendo y sintiendo.
No se lo había esperado, esto era imposible de ver y cargar.
Ay, Alcar, ayúdame, ya no puedo mirar más.
Soy consciente de lo que ocurre aquí, pero ya se han desplomado miles de personas, también yo siento que no puedo procesarlo, ¿por qué tengo que vivirlo?
Dios mío, cómo ha podido hacerlo la gente conscientemente, ¡cómo se han atrevido!
Ay, ¡qué sufrimiento!
Ahora se estaba tirando de la cruz para elevarla.
A las otras dos personas ya las habían crucificado.
André lloraba y no podía más.
Pero ¿dónde estaba Alcar?
Oh, cómo podían haberlo dejado solo, porque esto era imposible de vivir, era terrible.
Cómo había podido hacer esto la gente.
Sin embargo había seres aquí que lo vivían, pero veía lágrimas, nada más que lágrimas, porque todos los que vivían esto lloraban y estaban interiormente rotos.
¿Cómo sería este final?
Cristo tenía que morir.
Una vez más levantó la vista, luego sintió que fue menguando la fuerza que le hacía vivir esto, y sintió que se fue hundiendo, por lo que ya no se enteró de nada más.
No sabía cuánto tiempo estuvo inconsciente, pero cuando levantó la vista vio a su líder espiritual Alcar.

—Alcar —exclamó, pero volvió a hundirse.
Por segunda vez recuperó la conciencia y miró a su alrededor.
Un par de manos rodeaban su cabeza con su irradiación y cuando levantó la vista, lo miraban dos ojos.
No podía pronunciar palabra, pero estalló en lágrimas.
Sin embargo, no era el único que lloraba.
Las esferas de luz estaban abiertas, billones de seres lo habían seguido, y todos lloraban de tristeza.
Sin embargo había felicidad en ellos, porque la luz dorada envolvía a todos con su irradiación, y esa luz los hacía felices.
Cristo se había revelado, Cristo le dio todo al ser humano y quería que este escuchara, que viera y comprendiera.
—Por eso, hijo mío —oyó André que se decía en su interior—, no podía cambiar eso en nada, porque no puedo hacerlo.
Todos nosotros, todos estos millones de seres, temblábamos de dolor, al igual que tú.
André escuchaba y eso le ponía feliz.
No había querido seguirlo, por respeto y amor.
No obstante, había visto y vivido todo, incluso había oído los golpes, y era demasiado para un alma humana que aún vivía en la tierra.
—Alcar, cómo se lo he de agradecer.
—No me des las gracias a mí, André, dale las gracias a Dios.
Después André miró a su alrededor, y vio que los seres espirituales volvían a las esferas.
Algunos se quedaron atrás todavía, y estaban sumidos en oraciones.
—¿Ocurre esto cada año, Alcar?
—Sí, André.
Todos meditan y viven el nacimiento y la muerte de Cristo.
Todos ven en el pasado y sienten la profunda pena, los dolores tormentosos de lo que ocurrió aquí.
Esto continuará miles de años, la gente va y viene, siempre veremos aquí a seres humanos.
Aquí despiertan y se hacen conscientes, y llegan a conocerse.
Esta es la verdad, la verdad sagrada.
Nuestra fiesta de navidad es una fiesta de meditación y oración.
En este lugar, a todos se les conecta con Cristo.
Esto ocurre en la tierra, y por lo tanto todos vienen a este lugar sagrado.
Entonces las esferas se desgarran y las esferas más elevadas están abiertas.
Entonces el ser humano ve y vive de este lado, e intenta asimilar esos tesoros espirituales.
Sabemos lo que significa, es cosa del ser humano en la tierra asimilar esto.
Seguimos este largo camino desde el principio hasta Su muerte y para eso nos hacen falta meses de preparación.
Todos están abiertos y conocen y sienten el amor inmaculado.
Ay, si lo supiera la gente en la tierra.
Si pudieran sentir, si pudieran sintonizarse un solo segundo como tenemos que hacerlo en las esferas, si queremos conocernos a nosotros mismos, para comprender el significado profundo y sagrado de la llegada de Cristo en la tierra.
Sin embargo, se quedan obcecados por su vida material y todas sus posesiones.
Festejan, durante muchos años, y no paran.
No albergan respeto ni sienten nada, sino que solo viven lo que posee la tierra.
Pero de esto no quieren saber nada, porque eso implica lucha, es sentir la pena que se le infligió al Hijo sagrado de Dios.
Estos eran peregrinos, André, y todos están despiertos y conscientes.
Más adelante esta fiesta se celebrará en la tierra, y cuando de nuevo estés en tu cuerpo recordarás esto.
Sentirás entonces felicidad, nada más que felicidad inmaculada, y sabrás que Cristo murió por ti.
Pero entonces también sabrás que has de seguirlo y estarás agradecido de que se te haya concedido vivirlo como ser humano terrenal.
—Nunca lo volveré a olvidar, Alcar.
Está profundamente en mí, pero me pareció espantoso.
Los seres humanos no somos capaces de vivir esa pena, ¿no?
—¿Por qué no serían capaces de eso los seres humanos terrenales?
Cuanto más se desciende en esto, tanto más vigoroso y penoso se percibe el sufrimiento.
Todos los que vivimos aquí intentamos percibir la profundidad, pero de pronto ya no podemos percibir ni pensar, es cuando también a nosotros nos desgarra y ya no sabemos nada.
Entonces la pena nos ha acogido interiormente, y solo entonces sentimos cómo sufrió Cristo.
Tú pensabas enloquecer, y lo pensaron muchos.
Sin embargo hay una sola fuerza que vela por todos nosotros, hay un solo sentimiento que nos hace experimentar, y es Cristo.
Te sangra el corazón, y quisieras darte, pero no se nos pide eso.
Tampoco podríamos dar nuestra vida, porque para eso es demasiado insignificante, pero sentimos cómo nos va invadiendo el milagro, y este nos calienta.
Nos reconforta, nos abre y nos eleva a alturas desconocidas que alcanzaremos.
Nos entregamos por completo y sentimos la profundidad de este horror.
Si Cristo despierta en nosotros, nos alegramos.
Para eso todos vienen aquí, y quieren intentar asimilar esas fuerzas.
Despierten, seres humanos de la tierra, aún no es demasiado tarde.
Aquí la gente se ha olvidado, André, pero también aquí la gente tendrá que volver a enmendarlo todo.
En este lugar vive Cristo.
Aquí las madres se reencuentran con sus hijos y todos son conectados.
Aquí se trae un alma que no sabe nada de nuestra vida y no puede ser alcanzada.
Entonces se desploma e incluso el pecador más grande se encuentra.
Pero muchos vuelven a vivir su vida y perecen por enésima vez.
Sin embargo, algún día despertarán, y solo entonces volverán aquí y sentirán lo que esto significa.
Entonces sentirán que Cristo ha de despertar en ellos, y si esto no ocurre en vano, hay felicidad en el cielo.
Todos trajeron flores, hijo mío, pero todas ellas se han cultivado por medio de su propio sufrimiento.
Fueron su pena, su dolor, pero se vencieron a sí mismos y por medio de sacrificios, grandes sacrificios, recibieron la luz, la luz en que viven.
Entonces su morada espiritual tiene irradiación y todos tienen posesiones, muchísimas posesiones, y se conocen a sí mismos.
—También oí cánticos, Alcar, aquí y en alguna otra parte, pero eran tan lejanos y tan celestiales, ¿lo oí bien?
—Hubo ángeles que cantaron, André, hubo ángeles que cantaron para Cristo.
¿Estás dispuesto y eres lo suficientemente fuerte para volver a vivir esto?
Puedo volver a conectarte y te lo mostraré, para que puedas ver cómo se ha vivido todo esto de este lado.
Este fue el acontecimiento material, pero ¿qué ocurrió de este lado?
¿Podrías vivirlo nuevamente, André?
Es para la humanidad en la tierra, tú ves por ellos, porque todos desean que se les conceda saber algo de este pasado.
Había tinieblas por todas partes, pero en realidad había luz.
Los cielos se vaciaron, porque todos estaban en la tierra cuando se crucificó a Cristo.
Cristo lo vio, y se le cantó y se le rodeó de todo el amor inmaculado.
En esos tiempos ya no hubo ningún ser de este lado, todos estaban en la esfera de la tierra.
Sin embargo, sin poder hacer nada tuvieron que contemplar que se le crucificara.
Sabían que esta cosa horrenda ocurriría.
De este lado se sabía ya con cientos de años de antelación.
Ya cuando a la gente se le reencarnaba y cuando habían venido a la tierra para el monumento divino.
En las esferas se sabía que con la pirámide nacería pena y dolor, iban construyendo esta profunda pena y eran conscientes de lo que realizaban.
Todo esto se sabía y ocurrió.
Intúyelo, por favor, André, y reflexiónalo, e intenta comprender que todo está determinado porque de este lado se sabe cómo son todos los caminos humanos.
Cristo vino y moriría.
Nos dio todo a los seres humanos y nos introdujo en lo divino.
Por medio de Su muerte la gente recibió una fe y llegó a conocer el amor verdadero.
¿Nos vamos y seguimos con nuestro recorrido, André, o te conecto?
—Sí, Alcar, me gustaría, quiero ser fuerte, conécteme otra vez, no se vaya, Alcar, rezaré y pediré a Dios por fuerzas.
Cómo se lo agradezco.
Entonces André sintió que volvía a descender en el pasado y empezó a percibir.
Desde el lugar en que se encontraban veían Jerusalén a sus pies.
Volvió a oír esos chillidos salvajes que lo hacían temblar.
Allí estaban, camino del Gólgota.
Lo vio todo y volvió a vivir este monstruoso acontecimiento.

Había miles de personas movilizadas.
Muchas lo vivían por sensacionalismo, otras estaban rotas.
André podía verlas y las reconocía a todas.
La miseria se acercaba cada vez más, y André pensaba que ya iba a desfallecer, tan horroroso era contemplarlo.
Sentía que estaba incluso más profundamente conectado que hace un momento.
Ahora volvió a oír el cántico que había oído desde lejos.
Vio claramente lo que ocurría aquí.
Allí vio a Cristo, envuelto en una túnica nívea.
André sentía cómo se iba hundiendo, sin embargo quería vivirlo, y para eso empleaba todas sus fuerzas con tal de poder seguir manteniéndose en pie.
Delante veía a miles de ángeles, y en las manos llevaban flores blancas.
Estaban a diestro y siniestro y muy por encima del Ser humano perfecto.
De todo esto emanaba una fuerza sagrada.
Vio vestiduras esplendorosas y en la tierra, los maestros de la esfera tenían una belleza radiante.
De pronto los cánticos enmudecieron, y André sintió que iba surgiendo en él una profunda concentración.
Sentía y comprendía por qué era así.
Todos volvieron llenos de respeto, porque había un solo sentimiento que dominaba los sentimientos suyos.
También André lo sintió, y volvió a oír cánticos.
‘Dios mío, cómo es posible’.
Alcar le hacía sentir lo que esto significaba.
Cristo les había hecho sentir a todos que no ellos, sino Él tenía que hacer este sacrificio.
No se les concedía ni podían ayudar a cargar, Cristo solo quería hacer este sacrificio y se entregó por completo, no quería que ellos cargaran también.
De camino al Gólgota el ser humano recibió una lección.
En la pena y la humillación más profunda a que fue sometido el Hijo de Dios, Cristo siguió siendo Él mismo.
Lo dio todo, Cristo quería llevar esto a cabo solo.
André temblaba, porque comprendió que el ser humano tenía que estar solo en la pena más honda.
Cuando se requería todo, incluidas las últimas fuerzas, uno tenía que hacerlo él mismo, o no nos habríamos entregado por completo.
Comprendía esta lección, pero los seres humanos no serían capaces de hacerlo.
La intensa concentración se disolvía ahora en cánticos.
Todos los de este lado lo habían sentido.
Retrocedieron y vieron cómo comenzaba este proceso asesino.
El silencio en ellos y los sentimientos de todos estos ángeles rodeaban a Cristo con su irradiación.
Él lo sabía y comprendía, y los miró y dio las gracias a todos Sus hijos.
André vio nuevamente que se desgarró el universo y que se hicieron visibles las esferas.
Entonces se produjeron las tinieblas, también allí, donde de cualquier manera había luz siempre.
¿Qué significaba?
¿Lo estaban dejando solo?
¿Por qué había tinieblas también del otro lado?
¿Era necesario, ahora que iba a comenzar esta cosa horrible?
Así que no había tinieblas solo en la tierra, sino también del otro lado.
¿Cuál era el significado de este acontecimiento?
Ahora empezó a sentir y también comprendió lo que esto significaba.
Cuando se crucificó a Cristo, había tinieblas en la tierra, pero tampoco del otro lado quedó luz y era como si el cielo y la tierra fueran a perecer.
Hubo montañas que se desgarraron, se oían y veían truenos y relámpagos, y la tierra temblaba y se estremecía.
Tomó la mano de Alcar.
En el borde de la plataforma había miles de personas juntas y cuando la tierra tembló y se desgarró, la gente empezó a gritar.
Sabían ahora que Él no era un ser humano, sino el Hijo de Dios.
Los soldados y verdugos pusieron pies en polvorosa.
La gente estaba siendo aplastada a muerte y apisonada, y seguía habiendo tinieblas.
¿Había Dios olvidado a Su Hijo?
¿Se le dejaba solo en el momento más horroroso?
André comprendió, pues Alcar se lo hacía sentir.
Ahora había que darlo todo, ahora se hacían sacrificios.
No experimentar por fuerzas ajenas, sino por las fuerzas propias.
Después oyó que se hablaba.
Oyó que una voz suave e inmaculada decía:

—Dios mío, Dios mío, ¿me has abandonado?
Solo entonces André comprendió estas tinieblas, que a la gente en la tierra le resultaban incomprensibles.
Esto fue lo último, eran las últimas fuerzas que pudiera dar el ser humano.
Se estaba solo delante del último momento, el último de todos, y luego el ser humano decidía él mismo.
Era la intención de Dios, y era la voluntad severa y sagrada de Dios.
También Cristo había tenido que vivirlo, pero era igual para el ser humano, no había quien se escaparía.
Se había consumido todo, todo, las fuerzas más hondas.
Cristo se entregó.
“Todo está cumplido”, oyó que entraba en él.
Después oyó cánticos, y las tinieblas se apartaron ante la luz dorada.
Las esferas revivieron y volvían a hacerse visibles las personas, pero el Ser Humano perfecto había muerto.
Había ocurrido en estas tinieblas, blindado para los ojos humanos.
También esto lo entendió, y comprendió el significado hondo de este sagrado proceso de muerte.
Se le había asesinado, y se había aniquilado a un sol de amor.
El ser humano se había maldecido, había violado lo más sagrado de todo.
André sentía que volvía en su propia vida.
Lo había vivido, sentido y comprendido conscientemente.
‘Que Dios me dé la fuerza’, rezó, ‘para no olvidar esto nunca jamás’.
Entonces miró a su líder espiritual y le dio las gracias con convicción, las lágrimas le bajaban por las mejillas.
Fue, por lo tanto, lo que se veía del otro lado, y se sabía allí que esto ocurriría.
—Cristo quería hacer esto solo, André, pero también nosotros tenemos que vivir nuestra lucha solos, no hay ser humano que pueda ayudarnos en esto.
Es la lección que la gente tiene que aprender, y quien no quiera hacerlo se verá obligado de todos modos.
En verdad que Dios lo dejó solo a Él, Su Hijo.
Cuando se produjeron las tinieblas, Cristo comprendió que esto requeriría de sus fuerzas últimas, las últimas de todo.
Ahora había llegado el gran momento.
Todos nos veremos ante ese momento, y entonces tenemos que dar pruebas de lo que queremos.
Dios lo hizo y sin embargo, detrás de esas tinieblas percibía, y Cristo velaba y ponía Sus propias flores a los pies de Dios, Su Padre en el cielo.
Estas flores que se habían cultivado por medio de Su propia pena, nacidas en Su corazón sagrado, y despertadas por Su propia vida, estas flores inmaculadas las aceptó Dios y una luz dorada rodeó con su irradiación la cabeza de Su Hijo.
Todo está cumplido, pero esto es el final de cada alma y nos espera a todos.
Nadie se escapa de esto, tendremos que darnos a nosotros mismos.
Lo viviremos tarde o temprano.
Y ¿no vale la pena eso?
¿No podemos darnos para aquello que recibiremos?
Mira a los que están de este lado, todos ellos lo han vivido ya, o las puertas de las esferas luminosas permanecerán cerradas para nosotros.
Dios lo exige todo de nosotros, nuestras ultimísimas fuerzas, y no hay ser humano ni espíritu que pueda ayudarnos en ello.
La gente tiene que empezar en la vida en la tierra.
Cada segundo están ante el último momento.
Una y otra vez se desploman y ruegan por ayuda.
Sin embargo, siempre vuelve, porque hemos de seguir, siempre más allá y más arriba, para eso Dios nos dio esa multitud de vidas.
Para eso es la vida en la tierra, y hacemos la transición de una vida en otra y llegamos a conocernos.
Entonces enmendamos, André, y deponemos todo lo que está mal.
Has podido sentir la sacralidad de todo esto, hijo mío.

O sea, viviremos y recibiremos lo que vivió Cristo.
El cielo está abierto para nosotros, aún hemos de recorrer un largo camino, sin embargo algún día llegaremos allí y nos recibirán los que ya están allí.
Entonces Cristo dirá: “Entren, hijos Míos, les agradezco a todos su amor”.
Entonces volveremos a Dios y entraremos en el Omnigrado.
Te he aclarado dos problemas sagrados, se te ha concedido contemplarlos con tus propios ojos, y el tercer problema, hijo mío, es nuestra Navidad, que se mantendrá por siempre jamás, hasta la eternidad.
También esto pertenece al pasado, y ves que todo sigue, todo está determinado.
Ahora nos vamos, André, y retomaremos nuestro camino.
Aún me queda mucho por aclararte y mostrarte.
Se te ha concedido vivir esta cosa sagrada.
Aquí se puede vivir solo eso y se mantendrá eternamente, aunque más adelante la tierra se disolverá y hará la transición a energía invisible.
Lo vive cada ser humano cuando quieran hacerlo y cuando estén de este lado.
Aquí, el ser humano toma conciencia y llega a conocerse.
Alcar descendió y André siguió a su líder espiritual, sumido en pensamientos.
Nuevamente era profundo y sagrado todo lo que se le había concedido vivir.
Qué agradecido estaba por que se le hubiera concedido recibir esto como ser humano terrenal.
Qué terrible era esto, pero qué imponente y elevado, qué inmaculada era la vida de Cristo.
Era profundamente trágico y lo había tomado por sorpresa, y sin embargo al principio había percibido pensamientos que le decían que ya había vivido esto antes.
En cuanto hubieran surgido en él los había arrojado lejos, y empezó a ver y vivir.
Ahora, no obstante, esos sentimientos volvían en él.
Eran como los que había tenido cuando anduvo con Alcar por las calles de Jerusalén.
También ahora que su líder espiritual recorría el mismo camino en dirección contraria, sentía cómo le iban surgiendo esos pensamientos, y empezó a reconocerlo todo otra vez.
Su líder espiritual no le había dado una respuesta directa, tal vez también esto vendría todavía.
Era como si nunca se hubiera ido de aquí y aún viviera aquí, tan claros eran estos sentimientos.
Sin embargo las puso de lado, porque quería esperar.
Si hacía falta una respuesta para esto, la recibiría de Alcar.
Su líder espiritual no lo dejaba deambular mucho tiempo cargado de problemas.
Allí —podría encontrar el camino él mismo—, estaba el Jardín de Getsemaní y allá el Monte de los Olivos.
¿O estaba nuevamente captando los recuerdos de Alcar, ahora que su líder espiritual sintonizaba con eso?
También era posible.
Siguió a Alcar a cierta distancia.
Pronto abandonarían la ciudad sagrada, pero casi le era imposible irse, bien le gustaría quedarse.
Cómo temblaba todavía de este horror.
¿Por qué había tenido que ocurrir?
Ocurrió hace dos mil años ahora, y el ser humano aún no paraba.
Seguían odiando, seguían maldiciendo.
Oh, todos estos seres espirituales, ¡cómo sentían este acontecimiento!
Todos estaban rotos interiormente.
Allí en el Gólgota volvieron a vivir el sufrimiento y la muerte de Cristo.
No había desaparecido, se conservaba allí como se conservaba cada pensamiento que el ser humano hubiera emitido.
Y era sencillo porque todo estaba determinado y podía volverse a ver de este lado.
Alcar se lo había mostrado de varias maneras.
Ahora André entendía todo, solo le faltaba que Jerusalén le fuera tan parecido.
¿No se lo habría imaginado?
Era una sensación extraña, y sin embargo tan natural.
Tal vez algún día tuviera la respuesta a eso.
Alcar ya había vuelto a abandonar la ciudad sagrada.
Su líder espiritual continuaba y él viviría otros milagros más.
Oh, ojalá la gente en la tierra pudiera imaginárselo.
Él vivía en el más allá y veía todo esto.
Cuando más adelante murieran y llegaran aquí, estarían ante el mismo problema que él vivía ahora.
Lo había comprendido todo, porque primero Alcar le había mostrado lo asombroso del otro lado, y después había visto la realidad en la tierra y de este lado.
Oyó que los verdugos atravesaron las manos de Cristo con clavos, y en ese momento pensó que se moría.
Había visto que habían izado a Cristo y que se había asesinado a los dos otros asesinos a la vez que a Cristo.
Qué terribles eran las personas de esos tiempos.
Sin embargo, ahora no eran distintas, eran incluso más viles que entonces.
Cómo podía un ser humano olvidarse a sí mismo de esta manera.
Aún había gente que percibía que se mataba a Cristo.
¿Quién iba a querer ver esto?
Del otro lado, miles habían sucumbido.
Meditaban y vivirían esto, pero sucumbieron bajo toda esa pena.
Precisamente ahora llegarían a conocerse mejor, y de esta manera empezarían a vivir de otra manera, para asimilar el amor espiritual.
También él lo haría.
Más adelante, cuando le llegara su final, quería tener posesiones espirituales.
Cómo sentía la gracia de que se le concediera llevar esto a la humanidad.
Qué tarea cargaba en los hombros.
No mancillaría la conexión con Alcar.
¿Cuánto no se esforzaba Alcar por convencer a los seres humanos?
Todo esto les esperaba cuando llegaran aquí y murieran en la tierra.
Adiós, Jerusalén, seguro que ya no volveré aquí, o también yo tendría que haber muerto primero.
Entonces se encargaría de llevar flores, para depositarlas a los pies de Cristo.
Oh, comprendía bien esas flores, cómo habían crecido.
Si uno comprendía bien su vida en la tierra y vivía como Dios lo quería, tenía que aceptar toda esa lucha.
Entonces esas flores crecían por sí mismas, uno las cultivaba en su alma y tenían irradiación por toda esa pena.
Quien hubiera sufrido más y hubiera librado esa lucha solo, hasta el final, también tenía las flores más hermosas.
Se había asustado cuando se produjeron las tinieblas.
También eso lo había comprendido.
Algún día, la gente se vería ante el último momento, el último de todos, y entonces ya no les quedaría más que mostrar lo que se quería.
Los ángeles habrían querido ayudar y apoyar a Cristo, pero Cristo rechazó esa ayuda con determinación, el sagrado Hijo de Dios tenía que procesar esto solo.
Y era lógico si se sabía que el ser humano tenía una voluntad propia y que lo había recibido todo, todo de Dios.
Cuando se produjeron las tinieblas y también del otro lado llegó a haber oscuridad, fue como si Dios hubiera olvidado a Su propio Hijo.
También Cristo se sentía solo y abandonado, sin embargo no era cierto, porque Dios velaba, en un segundo plano.
Fue el último momento de todos, y es para todo el mundo, porque nos veremos todos ante ese momento, y tendremos que demostrar lo que queremos.
Esas tinieblas son para todos.
Entonces no hay ser humano ni espíritu que pueda ayudarnos.
Ni los padres ni las madres: esto tenemos que arreglarlo y vivirlo con nosotros mismos.
Tenemos que atravesarlo, son las pruebas que hemos de depositar a los pies de Dios.
Para eso había muerto Cristo y para eso había sufrido.
Todos viviríamos también lo que había vivido Cristo, no era posible escaparnos de eso.
Pero esas tinieblas fueron horrorosas y sin embargo, detrás de ellas estaba Dios.
Así que esa había sido Su intención, Dios lo pidió todo y solo entonces crecieron esas flores del corazón y tendrían radiación esas flores.
Solo entonces se les concedió deponerlas a los pies de Cristo, y el Hijo sagrado de Dios no nos rechazaría, sino que las aceptaría en gratitud.
Era como si oyera decir en su interior: “¿Cómo sufrí?
¿No fue para todos Mis hijos?
¿No me pidió Mi Padre en el cielo todo, también lo último, lo último de todo?”.
André estaba convencido de que tenía que ser así.
Quien perdiera a sus seres amados en la tierra y lo aceptaba podía empezar a cultivar flores si sabía entregarse por completo.
Quien perdiera lo que más quería y sin embargo sintiera gratitud, cultivaba esas flores que irradiaban luz y que se aceptaban.
Los ángeles llevaban esas flores de todo tipo, y era tan asombroso, tan celestial, que André nunca antes lo había visto.
No obstante, esto era también para la gente en al tierra, porque allí se tenía que intentar aceptarlo todo.
Qué hermosa que era la muerte.
Qué bien la conocía ahora.
Sin embargo, en la tierra era objeto de burla y un fantasioso, pero algún día esos burlones tendrían que recapacitar, cuando se vieran ante ese último problema de todos, y cuando fueran arrancados de la tierra.
Entonces ya no reirían más, y la realidad los haría temblar y estremecerse.
No, aquí ya no podrían reír, se desplomarían y pedirían ayuda, y estarían agradecidos de que alguien les hablara.
Sin embargo, también a ellos se les ayudaría, y lo harían los espíritus de amor que cultivaran flores, para algún día dárselas al Hijo de Dios.
Cultivaban flores ayudando a otros, y ¿cómo eran estos milagros naturales?
Eran radiantes, André había podido percibirlo.
Estaba tan agradecido de que se le hubiera concedido vivir este grandioso acontecimiento, y siempre seguiría agradecido por ello.
Ahora habían dejado Jerusalén atrás, y André volvió a lanzar un adiós más a esa antigua ciudad.
“Cuando haya muerto en la tierra volveré”.
Alcar lo miró y dijo:

—Sin embargo, en este viaje volveremos una vez más aquí, André.
Entonces tendré que aclararte un milagro, y también con eso voy a conectarte.
Eso, no obstante, tiene que ver con el renacer en la tierra, pero también eso has de vivirlo.
También ese milagro está determinado y es una gran gracia para nosotros.
Lo verás y estarás agradecido de que se nos haya dado.
Primero, sin embargo, tengo que aclararte otros estados, y luego volveremos aquí.
—¿Quiere decir al Gólgota, Alcar?
—Sí, André, donde acabamos de estar.
‘¿Qué significaría esto ahora?’, pensó.
Eran todos enigmas espirituales para él y se estaban disolviendo para él, y se los aclaraba Alcar.
‘Qué extraño’, pensó, ‘¿volver aquí otra vez?’.
¿Qué más había que vivir allí?
Eso hizo que se quedara callado, y esperó.
Luego pensó en el amigo de Alcar y preguntó:

—¿Qué fue de su hijo, Alcar?
—Desde aquí entró en la vida de nuestro lado.
Allí vivió el proceso de putrefacción y cuando también hubo vivido eso y hubieron pasado los años en silencio que tuvo que haber pasado en la tierra, el mundo de lo inconsciente acogió también a esta alma y esperó un nuevo nacimiento.
—¿Después de eso ya no lo ha visto, Alcar?
—No antes de mi última vida, en Inglaterra.
Entre Jerusalén y su última vida terrenal hay muchas otras vidas.
Ya no lo volví a ver en todos esos siglos, pero pude seguir sus vidas en las esferas.
Cuando volvió a nacer descendió en el cuerpo materno y murió joven.
Estas transiciones precoces siempre tienen un significado espiritual y natural.
Suele ser porque el alma tiene que asimilar el sentimiento infantil y para el cuerpo materno, porque hemos de hacernos conscientes en eso, y hace falta para el desarrollo.
Hizo la transición a corta edad y luego volvió a entrar en la vestidura materna y fue muy longevo.
Ocurrió algunas veces sucesivas y cuando hubo vivido esto, aceptó su sintonización verdadera, que se nos asignó desde el primer grado.
Así que ves que el alma tiene que asimilar ambos organismos y es para despertar, porque no podríamos despertar si no pudiéramos vivir el plan de la creación conscientemente.
Luego lo vuelvo a ver en Menfis y fue en esos tiempos cuando Lantos llegó a conocer a su amada, y fue el hermano de Marianne.
Sin embargo, no puedo seguir todas esas vidas, lo que me importa es solo darte una imagen de cómo es todo y que la gente en la tierra se encontrará varias veces y que así tiene que ser.
Algún día lo verán de nuestro lado.
Después vivió en Occidente y volvió algunas veces allí.
Nació dos veces allí y en ambas vidas en la vestidura masculina.
Podría contarte mucho al respecto, porque muchos de esos tiempos están en la tierra también ahora, y podría conectarte con ellos.
Podría conectarte con sus padres y madres, hermanas y hermanos, pero sobre todo, aclararte estas vidas.
—¿No es posible, Alcar?
—No, hijo mío, sería demasiado, y en la tierra no se aceptará todo esto.
—Vaya, qué pena.
¿Hay personas en la tierra, Alcar, que también yo conocí en otras vidas?
—Sí, André, ahora hay muchísimas en la tierra.
Podría mostrarte milagros y sin embargo no puedo profundizar en todos ellos.
Más adelante te aclararé algunos.
Incluso podría señalarte tu propia madre del pasado, que ahora también está en la tierra y con la que no tienes nada que ver.
Es la sagrada verdad, pero es increíble para los que no saben nada de esto, y que tampoco pueden aceptarlo.
Veo y sé que ella está en la tierra y muchos de esos tiempos en que vivieron mi amigo y todos esos otros, fue en Francia.
—Qué asombroso, Alcar.
—Sí, es asombroso y sin embargo la gente no ahonda en ello y le parece ridículo, porque ya no recuerdan nada de eso.
—Cómo es posible, mi propia madre de esos tiempos en otro país, otro idioma, otros amigos y conocidos, y tal vez hermanas y hermanos.
Es casi imposible de aceptar, Alcar, pero he podido seguirlo en todo.
Y ¿cuándo va a hablar de mis propias vidas?
Alcar miró su instrumento y dijo:

—En el último momento de todos de este viaje te aclararé tus muchas vidas.
Así que ten un poco más de paciencia.
—Soy muy feliz, Alcar, y esperaré.
Pero ¿qué hizo su amigo, Alcar, quiero decir, en esas otras vidas?
—En la primera vida, o sea, la de Occidente, intentó asimilar el arte, pero no logró mucho.
En la siguiente vida, en la que fue aniquilado, hizo el servicio militar y llegó a oficial.
Luego volvió de nuevo en otra vida y se convirtió en erudito.
Su nombre sigue siendo conocido y también podría mencionarlo.
—Qué milagros todos esos, ¿no, Alcar?
¿Qué cantidad de padres, madres, hermanas y hermanos no hemos tenido entonces?
—Miles, hijo mío, y ¿podría ser de otra manera?
¿Tan extraño es si sabemos que tenemos que volver una y otra vez, y que esto ya lleva así billones de años?
¿Acaso no podemos aceptarlo?
La gente se tropieza con la muerte, pero si todos empezaran a mirar espiritualmente, es cuando entran en la vida de nuestro lado, verían en sus propias vidas y tendrían que aceptar.
Ya te he preguntado muchas veces: ¿podemos llegar a ser como Dios en una sola pequeña vida terrenal, en que no hemos alcanzado más que pasión y destrucción?
Anda, pregúntatelo a ti mismo y que la gente en la tierra haga lo mismo.
Entonces dirán que no hay posibilidad de que pueda ser así.
¿Cuál fue entonces la intención de Dios con la creación, y creó Dios toda esa pena y esa miseria humana?
Ahora, sin embargo, sabemos que somos nosotros mismos, y no Dios.
Sabemos —creo habértelo demostrado claramente ahora y en nuestras travesías anteriores— que nos hemos olvidado de nosotros en todas esas vidas.
O sea, nos hemos metido en este estado por nuestra propia culpa, y Dios no tiene nada que ver con eso.
Basta con que intuyas toda esa miseria terrenal, y sin embargo la gente no piensa más allá.
No descienden en sí mismos, no se atreven a hacerlo, porque tienen miedo.
Sin embargo no pueden creerlo, no pueden aceptar, porque es muy increíble y no entienden de la creación.
—Pero no lo comprendo, Alcar: dijo usted que los eruditos en la tierra saben de la vida embrionaria, ¿acaso no pueden imaginarse esa vida venidera, que sigue y tiene que seguir?
Entonces tendríamos que haber muerto, ¿no?
¿Cómo explican entonces el ser humano perfecto?
¿De pronto ha completado su crecimiento ese embrión?
¿Estuvo listo de pronto el ser humano?
No lo comprendo.
En esto hay un problema grande y profundo, ¿no?
—Son todas preguntas, André, preguntas claras, pero ellos aún no han avanzado tanto.
Desgraciadamente, no, no piensan ni sienten que este sea un punto muerto.
Pero ya te dije: tienen el sentimiento y el pensamiento de que se ha realizado una segunda creación, pero tampoco de ella saben nada, y se estrellan contra eso.
—Qué asombroso ha de ser para un erudito, ¿no?, cuando conozca y empiece a sentir estos milagros.
Qué grande sería mi felicidad si se me concediera saber esto como erudito.
No comprendo a esas personas, no puedo imaginarme que no sientan esto.
Qué natural es todo lo que me mostró y aclaró.
En una sola vida no alcanzamos nada, aniquilamos a otros o hacemos otras cosas, ¿y sin embargo ellos no pueden aceptarlo?
—No, hijo mío, todo es demasiado profundo, demasiado increíble para ellos.
—Incluso hay suficientes espiritualistas, Alcar, que tampoco pueden creer y que no quieren saber nada de renacer.
Para ellos, todo esto son sinsentidos, fantasía y engaño.
“No hay reencarnación”, dicen todas estas personas.
Sé ahora qué estrechas de miras son todas estas personas que sin embargo son tan sensibles.
Solo ahora lo sé, y sé también que tengo que procesar yo solo este dato milagroso.
Pero es una pena tan grande, es tan triste oír hablar así también a esta gente.
—Lo sé, André, pero espera un poco y ten paciencia, ahora se incide desde este lado en la humanidad y cada espíritu y líder espiritual de valor les habla de sus miles de vidas y de su propio pasado gris.
En toda la tierra, donde vivan espiritualistas, se habla ahora del volver a nacer y más adelante, dentro de algunos cientos de años, sabrán de eso, y solo entonces nos aceptarán.
Les hablo ahora de milagros espirituales, se me concede y puedo hablar de leyes y milagros espirituales, porque si no se me concediera —créeme— no podría haber pronunciado palabra alguna.
Mancillaría mi propia vida interior y sintonización espiritual, pertenecería a los mentirosos, y esta gente vive en las tinieblas.
Mi esfera es la quinta de este lado, y sabes dónde vivo, me conoces como ser humano y como espíritu.
Lo que ahora se me ha concedido aclararte y lo que traemos a la tierra es asombroso, supera sus posibilidades y posesiones interiores, pero todo es la verdad sagrada, Dios sabe que he vivido todo esto.
Muchos otros, sin embargo, nos estarán agradecidos, André, de que ya en la tierra se les conceda leer sobre esto, y de que puedan asimilar estas fuerzas.
Dios nos dio esas vidas diferentes, todas esas posibilidades, porque ¿cómo, si no, podríamos salir de toda esa miseria?
¿Cómo podríamos enmendarlo en una sola vida?
Te he mostrado las tinieblas para señalarte claramente que hay que volver a nacer, de lo contrario nunca podría avanzar la gente que vive allí en grietas y cavernas, y que ya lleva miles de años allí.
También en cientos de otros estados, y sin embargo: ¿qué dirán en la tierra de todo esto?
Ya lo sé, André, porque sabemos de antemano lo que podemos alcanzar y lo que alcanzaremos.
Si hay sacerdotes y teólogos, eruditos e incluso espiritistas que aun así albergan sentimientos que ni siquiera entienden esto, ¿qué dirán entonces los que no saben nada, nada de una vida eterna?
Sí, hijo mío, es desolador y triste, pero te dije: algún día llegará ese momento, y entonces nos comprenderán todos esos clérigos y sobre todo los espiritualistas que no nos aceptan ahora.
—Pero ¿qué comprenderán entonces, Alcar?
¿Piensan estas personas que no hubo muerte antes de eso, y que no viven más que una sola vez en la tierra?
—Así es, André, no avanzan más.
No saben nada de volver a nacer, pero para nosotros es una gran gracia, y la vive todo el mundo.
Todos los que vivimos aquí hemos llegado a conocer esto en la cuarta esfera.
—¿A dónde se dirigió después de Jerusalén, Alcar?
—Después nací en Italia y volví allí dos veces.
La primera vida terminó allí por medio de un pedazo de piedra, porque quise asimilar el arte de la escultura.
Nuevamente volví allí y alcancé una edad elevada.
Luego nací en el Lejano Oriente, de las que una de las vidas fue en el cuerpo materno.
Luego volví al sur y cuando hice la transición, entré en el más allá.
Ahora ya no podía volver.
También yo desperté en el límite de la tierra crepuscular, a la que entró Gerhard, y se me convenció de mi vida eterna.
Había vivido mi karma.
Seguiré más adelante sobre esto, cuando haya llegado a ese punto.
Te aclararé cómo alcancé la primera esfera, lo que ya sabes, aunque yo mismo aún no te haya contado nada sobre eso.
Ya te dije que mi amigo vivía en Francia y que fue un erudito allí, en esa vida.
Luego volvió allí de nuevo, fue destruido en esa vida para volver a nacer.
Su última vida fue la de Inglaterra, donde lo conocí cuando yo era artista.
También en esa vida fue un erudito, te he hablado de eso.
Ahora ya te he aclarado muchas vidas, por lo que has recibido una idea de mi amigo y de mí.
Sin embargo, para mí se trata únicamente de ofrecer una idea a la tierra de cómo ocurrió todo, y que cada alma tiene que vivirlo.
Cuando sepan todo esto, empezarán a vivir de otra manera.
Queremos convencerlos de su eterna pervivencia, la continuación de su karma, de la causa y el efecto, pero sobre todo de que somos divinos y tenemos que alcanzar el Omnigrado.
No hay nada extraño en todo esto, por más improbable que sean muchos estados humanos.
Es un largo camino que serpentea a través del universo.
Se me ha concedido aclararte todo esto debido a que la tierra necesita alimento espiritual y a que queremos ampararlos contra la perdición completa.
Quien nos siga sirve, sirve a sí mismo y a otros, recibe a cambio de eso su felicidad espiritual.
Quien acepte vive su propio karma, se eleva más y más para algún día entrar en las esferas de luz.
Y todo esto no es una coplita, no es romanticismo, es la sagrada verdad y realidad, y se me ha concedido aclarártelas.
Lo he vivido, André, y todos los que están en la tierra vivirán todo esto.
Ya no tengo nada más que decir sobre esto; ahora seguiremos.