Fiesta de Navidad en los Cielos

‘La fiesta de la Navidad en los Cielos’ es la conferencia navideña que el maestro Alcar pronunció a través del trance de Jozef Rulof, en 1945.
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La fiesta de la Navidad en los Cielos

¡Que la paz sea con todos, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo!
Les saludo en nombre de aquellos que hicieron la transición a las esferas de luz y que no cesan de amarlos, comprenderlos y guiarlos.
Ustedes están celebrando la Navidad, el día bendito en que Jesucristo, el Hijo Perfecto de Dios, volvió a nacer en la materia para regalar, por orden del Padre suyo y nuestro, amor y conciencia a la tierra de ustedes.
Para muchos, la conmemoración de este día no es más que una fiesta secular, un instante de mera diversión, que agrada por romper la grisura de la estación y que termina mucho antes de lo debido.
Cada persona celebra así su propia Navidad según sus sentimientos y su conciencia.
En nuestra vida es muy distinto.
En los cielos, la Navidad es una experiencia poderosa y sagrada, que todos, sin distinción, celebran con una intensidad que ustedes en la tierra no sabrían vivir sin sucumbir.
Pero conectándolos a ustedes con ella, espero conseguir que también puedan aproximarse a nuestra vivencia, para que sientan al menos algo de nuestra felicidad en ustedes.
Hay caos en su mundo, la humanidad aún está intentando recuperarse de las heridas que ha sufrido, e intenta, en medio de todos los problemas de la posguerra, construir una nueva existencia, más pacífica.
Más que en otras fechas, sus iglesias están llenas de personas postradas que piden consejo y consuelo al Niño de Belén.
Quien escuche bien y sintonice con el Hijo Perfecto de Dios, quien medite sobre Su vida y Sus palabras, no como un suplicante, sino como un alma que quiere saber y obrar, oirá la voz de Cristo por encima del bullicio del mundo.
Esa voz Suya, que dice, desde la experiencia, animando: “¡Dejad a los niños que vengan a mí, porque suyo es el reino de los cielos!”.
El hombre que incline la cabeza en humildad, que quiera enfrentarse a sí mismo y perderse, ganará a Dios y a Cristo.
Descenderá en la profunda gravedad y santidad de la vida, y sabe lo que debe hacer.
Miren, así es como vivimos nosotros, los habitantes de los cielos, el día en que Cristo volvió a nacer, el nacimiento que también para nosotros significa ahora renacer, pero espiritualmente.
Les pido ahora que vengan conmigo de viaje.
Intenten sintonizar conmigo y libérense para ello de sus propios sentimientos y de su propia manera de pensar.
Solo entonces podrán liberarse de su propio mundo y acceder al de Cristo.
Los llevaré a esferas de luz, a la Navidad nuestra.
No la celebramos en el tiempo en que lo hacen ustedes, porque no se corresponde con la realidad: el Mesías nació en una fecha más temprana que lo que ustedes creen.
Sintonizamos aquí, junto a billones de almas, el momento sagrado en que Cristo descendió a la tierra desde el Omnigrado divino.
Postrados, abrumados por el acontecer inconmensurable, contemplamos el Omnigrado y vivimos cómo Cristo se dispone a descender.
Cuánto más hermoso, cuánto más natural fue esto que lo que ustedes creen en la tierra.
Traten de entenderme, quédense cerca de mí, porque tal vez ustedes también podrán percibir entonces esa santidad con sus ojos interiores.
Sepan entonces, de una vez para siempre, que el descenso de Cristo en su Madre ocurrió de la misma manera natural que con cada uno de los Hijos de Dios.
Nuestro Padre es justo en todas Sus Obras: por eso no es posible que hiciera leyes diferentes para una de Sus Criaturas.
Cristo fue hombre como como nosotros, no se le concedió ni ley ni grado.
Pero de eso leerá más en el libro del maestro Zelanus ‘Las enfermedades mentales contempladas desde el otro lado’.
Entre María y José hubo una unión normal, humana, que por su amor recíproco se consagró y coronó atrayendo el Alma de Cristo.
Todos los cielos se vacían, descendemos hasta el establo de Belén y allí seguimos el fabuloso acontecer.
Cuando tiene lugar el nacimiento de Cristo, cantan los Ángeles que un día vivieron en la tierra y que ahora recurren a la plenitud del timbre de su voz para expresar su felicidad y gratitud en sonidos celestiales.
Yacemos postrados entre los pastores y los tres Reyes y nos fundimos en la felicidad maternal de María.
Su estado consagrado nos reconduce a nosotros mismos y meditamos sobre nuestras propias vidas, preguntándonos una y otra vez cómo un día nos olvidamos de nosotros mismos, mancillando esta ley, la más sagrada de Dios en el espacio.
Podrán sacar ustedes la lección que nosotros, los celestiales, no vemos este acontecer como algo sensacional, sino como una gracia de la que debemos aprender.
¡De este lado hemos aprendido a penetrar profundamente en una ley, para sondearla en el mayor grado de profundidad, asimilándola!
Seguimos la juventud de Cristo y lo vemos de niño, un muchacho del tiempo de ustedes, jugando alborotado, y sin embargo diferente.
Durante el juego puede que de pronto se detenga para recogerse e ir a meditar, porque desde que abriera los ojos, la Animación Divina sintonizó con esta vida y así fue hasta Su último segundo en la tierra.
Los años van pasando tranquilamente.
Cristo recibe Su formación de Su padre, de su madre y de otros.
No se observa nada que no sea natural o normal, Su vida sigue siendo la de cualquier otro niño.
Pero sí hay un silencio sobrenatural en y alrededor de Su ser.
Traten de entrar en él, como hacemos nosotros, y les será revelado algo de la Divinidad que colma Su vida y existencia.
A los doce años se manifiesta Su conciencia.
Convencido de Sus fuerzas, entra al templo y conversa con los escribas.
Los deja deslumbrados con Sus conocimientos, ya sintonizados completamente con las leyes de Su y nuestro Padre.
Habla desde Su intuición y Sus sentimientos, que ha asimilado en Sus millones de vidas, sentimientos que se hicieron Omnipotentes.
Y llega el momento en que Su casita y el pueblo de Sus padres se le quedan demasiado pequeños.
Se hace errabundo y va en busca de la naturaleza.
Se une con la vida de los árboles, las plantas y los animales y sigue su despertar y crecimiento.
Experimenta la lluvia y el viento, los truenos y los relámpagos, la luna y el sol, la noche y el día, y penetra en su profundidad cósmica.
En esas horas vamos a entender el rigor con que Cristo se prepara para su cometido, y también vemos que no va más allá de lo que en ese momento podía asimilar: es una lección para ustedes y nosotros, para que tampoco nosotros nos saltemos ningún paso en nuestras vivencias.
Ahora Cristo se desprende de la naturaleza y se abre a la vida más elevada en la tierra: el ser humano.
Sigue cómo crece el hombre en la madre y cómo adquiere su figura.
Se funde en el proceso del nacimiento y vive la formación de la personalidad.
Durante semanas y meses sondea a la gente que lo rodea y sigue todos esos grados y estados de conciencia, hasta quedarse colmado del todo.
Por fin regresa a Su santa madre, que día tras día ha estado esperándolo, preocupada y temerosa, inconsolable a pesar de las palabras del padre, José.
Cuando entra a la pequeña casa, tranquilo y serio, ella le pregunta entre sollozos: “Hijo mío, ¿dónde estuviste todo este tiempo?”.
Y él le responde con un pensamiento, significativo para cualquier alma en el espacio: “Pero Madre, ¿en qué otro lugar podía estar que junto a la vida de Mi Padre?”.
Ahora la madre María ya no entiende a su propio Hijo.
Cristo no presta atención a su llanto; algún día ella lo entenderá a Él y entenderá su cometido Divino aquí.
Él, como Omniconsciente, no conoce la compasión.
Va a Su pequeña habitación y se aísla del bullicio de la tierra para proseguir con Su meditación cósmica.
Nos encontramos con Él en este reducido espacio, donde ahora vemos el universo Divino.
Arde una pequeña luz, es de noche y un imponente silencio nos rodea a todos.
En ese silencio llegamos a conocer mejor que nunca la sencillez del Hijo Perfecto de Dios y sentimos lo que significa tener conciencia divina y, a pesar de ello, amar todo lo terrenal, hasta sus instintos más bajos.
También esto es algo que debemos vivir ahora: que solo podemos seguir a Cristo hasta el grado de los pensamientos y sentimientos que hayamos asimilado hasta el momento.
Hemos de aceptar que cuando Cristo se encerró y se desprendió sentimentalmente de la tierra, estaba en conexión directa con Su Padre, nuestra animación, nuestros conocimientos y nuestro amor eran insuficientes.
Todavía lo eran, eso lo sabemos también, porque esta conciencia está pegada al saber, que el propio Cristo nos regaló, de que trabajando nuestras cualidades, esforzándonos aún más que antes, algún día sí llegarán a ser suficientes.
Porque este es sin duda el significado fabuloso e iluminador de la vida de Cristo: que como cualquier otra alma, incluso si trabajara para el mal, ¡poseeremos algún día Su estado Divino!
Nos quedamos esperando, sin prisas, hasta que la vida de Cristo nos traslade a otro estado.
Ahora vivimos cómo, ya completamente preparado, él se presenta en público.
Junta a los hombres que le servirán a Él y al mundo como Sus apóstoles.
Lo vemos cruzar los campos con su túnica nívea, predicando Su Santo Evangelio.
Cura en cuerpo y alma a quienes logran creer en Él y en Su Padre.
Se encuentra con amor y comprensión, pero también con ira, escarnio y maldad.
Pero bajo todas las circunstancias sigue siendo Él mismo.
Él, como Consciente de lo Divino, conoce mejor que nadie en el espacio las sintonizaciones de las personas a quienes se dirige.
También sabe que esta es Su hora y que algún día se aceptará y seguirá Su Palabra.
No habla solo para la gente de Su tiempo, también testifica por los siglos de los siglos.
Hay una seguridad omnipotente en Él y cada paso que da está calculado.
Nunca hay debilidad en Él, ni vacilación o duda, ni siquiera cuando piensa en lo que le espera: Su Muerte en la Cruz.
Él mismo anhela este tratamiento humillante, porque de lo contrario no le sobrevendría.
Ya antes de que descendiera a la tierra para aupar espiritualmente a la humanidad a una vida más elevada, sabía que Su Vida material terminaría en el monte Calvario.
Y justo allí, en ese lugar infame, tendría la oportunidad de probar Su Palabra, esa palabra Divina que para la humanidad entera, en el grado en que viva, tendría un significado universal:
“Tú, hombre, poseerás la Perfección Divina cuando seas capaz de pagar tu amor, tu querer, con la vida.
¡Solo entonces probarás, con todo el rigor, que eres capaz de lo que pudo hacer tu Padre, y solo entonces Él vivirá en ti y tú en Él!”.
Estamos con Cristo en el huerto de Getsemaní y más tarde en el Gólgota.
Nos rodean los abucheos salvajes y crueles de la muchedumbre inconsciente.
Padecemos el odio que le lanzan, ya sentimos, según nuestro grado, los dolores que le imponen, y muchos entre nosotros se derrumban por esos padecimientos, perdiendo la conciencia.
Pero una y otra vez se recuperan y vuelven a esforzarse para padecer en su propio cuerpo los dolores de su Divino Salvador a fin de demostrar así que quieren vivir y servir como Él.
Y por encima de nosotros cantan de nuevo los Ángeles más elevados.
Los Ángeles y los mundos más elevados están abiertos y su luz se asocia e ilumina al Mesías doliente, moribundo.
Cristo oye las voces y ve la luz, y sonríe.
Ahora también se les parte el corazón a los más fuertes entre nosotros.
Rogamos a Dios que nos dé fuerza en nuestro deseo de poder vivir también el último segundo con plena conciencia.
Rezamos a nuestro Dios por que nos haga luchar y nos ponga a prueba, por que nos purifiquemos, porque todos queremos elevarnos, entrar con más profundidad en Su vida para darle mayor irradiación, más contenido.
Entonces el Alma de Cristo se desprende de Su cuerpo torturado y los Suyos, procedentes del Omnigrado, la reciben, elevándola a mayores alturas, acompañada de los cánticos de millones de ángeles.
La tierra se queda un instante en tinieblas, como si por un momento todo lo que vive allí contuviera la respiración, como aturdido por el poder de este acontecimiento, pero después vuelve a desatarse el infierno.
En esta experiencia del tránsito de Cristo por la tierra consiste la fiesta de Navidad nuestra.
Hermanos míos, hermanas mías de la tierra, espero de ustedes lo que hicimos nosotros y André (Jozef Rulof): intenten entrar en unión con la vida de Cristo, nútranse de ella en estos días navideños y en los posteriores, síganlo en Sus pensamientos y hechos, y aplíquense todo a sus propias vidas, así volverán limpios y purificados a la gente para aplicar en su seno lo que ustedes ganaron.
Despréndanse de su yo limitado, deshagan en ustedes lo que esté mal, sacrifiquen y entreguen lo más bello de ustedes mismos y así vivirán su propio Calvario.
Tendrán que aguantar padecimientos e incomprensión, igual que su Mesías, pero igual que Él, en esa hora grave e infame, oirán los cánticos de los cielos.
Y eso será para ustedes la señal de que están creciendo y de camino para alcanzar un grado de vida más elevado y más feliz.
He rezado a Cristo durante nuestra fiesta de la Navidad para ser una luz en las tinieblas de la tierra.
Y por haberse emitido este deseo mío hacia Él con toda la fuerza posible, me ha recompensado, regalándome un cometido que mediante esta palabra contribuyo a realizar.
Que esta oración también sea la de ustedes en estos días, y si la respaldan con toda su personalidad, con toda su voluntad, entonces también ustedes podrán obrar en Su Nombre.
Dios y Él les bendicen y les dicen a ustedes: “¡Bien hecho, Hijo Mío.
Estamos con usted y lo seguimos!”.
Ahora me voy y les doy a todos las gracias por el amor que me profesan.
Me conmueve todo lo que ustedes me regalan a través de Cristo.
¡Dios, mi Dios, quiero servirte y a Tu Vida!
Maestro Alcar