Crisje, le doy mil florines por su secreto

Ahora los chicos de Crisje y cientos de personas pueden ganar algo de dinero.
Pueden ir al bosque a recoger arándanos, un trabajito para pequeños y grandes, y además un buen dinero extra que les da Nuestro Señor y que vuelve año tras año.
Además, para muchos es la única posibilidad de conseguir salir de los problemas, ¡qué bien!
La Madre Naturaleza es buena, benévola y cariñosa, consciente y cuidadosa, pero uno mismo tiene que quitar las bayas de los arbustos, y eso los chicos saben hacerlo.
Bernard ha calculado que hoy alcanzarán fácilmente los tres florines y en una semana eso se convierte en el dinero extra de una semana entera, sin que papá tenga que hacer nada.
Ahora que están de vacaciones ya entran al bosque a las seis de la mañana.
Están listos para irse.
Bernard mira afuera un momento para ver cómo está el día.
Pero ¿qué es eso?
—Mamá, ven a ver rápido, allí en nuestro jardín anda un tipo asqueroso.
Crisje mira.
¿No es Jan Kniep?
Bernard cree que hasta parece uno de los bandidos negros.
Basta con mirar ese sombrero negro, y lo sabrás de una vez.
Crisje mira y sí, es Jan, pero ¿no estaba en la Indonesia Holandesa?
Santo cielo, Jan, por qué no entras.
A Bernard no le entra en la cabeza, ahora ¿qué significará esto?
Jeus no sabe lo que está pasando.
Qué pena, Hendrik se acaba de ir.
Pero entra, Jan.
¿Y no quieren los chicos darle los buenos días a Jan?
No es tan sencillo, primero quieren echarle un vistazo al peligro moreno.
Bernard no quiere saber nada de él.
¿Ese es un amigo de mamá?
No tienen que entrar extraños aquí a la casa.
Pero malgastar el tiempo cuesta dinero; los chicos se van.
¿Qué busca ese monstruo moreno en nuestra casa, Johan?
—Si no se ha ido para esta noche, Johan, lo echo de casa.

Johan pregunta:
—¿Acaso tú eres el que manda en casa, Bernard?
—Claro que no, pero no quiero extraños en nuestra casa.
Es que Bernard tiene sus propias ideas, y Johan no las entiende.
Ya siente que si llegan extraños a la casa, perderá su libertad.
Reflexionará sobre el asunto.
Entran al bosque.
Saben exactamente adónde ir y dónde se pueden encontrar los arándanos más grandes.
Es cerca de la Hunzeleberg, a una buena distancia de casa.
Es cierto, el año pasado Johan y Bernard se ganaron un buen dinero.
Jeus le echaba pocas ganas, pero ahora también él conoce todos los trucos.
Ahora están disfrutando.
Dejan los arbustos desnudos, uno tendría que verlo con sus propios ojos para comprender qué rápidos son para recoger las bayas.
Entonces llega ese glorioso momento, los quince minutos de descanso para el pan y el café.
Qué glorioso es estar un poco así, acostado boca arriba en medio del bosque, es como si uno tuviera alas, y el trinar de los pájaros crea una sensación agradable.
Pero vamos, chicos, hay que llenar el cubo, el día pasa volando.
Crisje siente que para esto hay que agradecer sinceramente a Nuestro Señor, aunque los chicos lo ven de otra manera: hay que trabajar bastante duro.
—¿Cómo es que viniste de repente, Jan?
Ahora Crisje oye la historia de su amigo de la infancia, Jan Kniep.
Vino en línea recta a Holanda porque le entró una tremenda añoranza.
En el fondo, Jan volvió para morir aquí.
Crisje se da cuenta de que ya no sabe hablar dialecto, aunque lo siga entendiendo.
Jan fue a la Indonesia Holandesa como colono, se casó allí y tuvo hijos, pero ahora que estos son adultos, ya no lo necesitan.
Y luego una noche oyó que le decían:
—Por qué no regresas, Jan.
Vete, regresa, no te quedes aquí más tiempo.
Y entonces se fue.
Lo primero que preguntó aquí fue, ‘¿Sigue viva Crisje?’.
Sí, Crisje vive allá.
Crisje conoce a la familia de Jan.
Ya dice:
—Si no quieren tenerte con ellos, Jan, regresas; Hendrik ya te fabricará una cama en el ático.
—¿Y los niños, Crisje?
—¿Desde cuándo los niños tienen algo que decir, Jan?
—Me esforzaré y no te seré de mucha molestia, Crisje.
—Tenemos que ayudarnos, Jan.
Crisje quiere a esta vida, tenía mucha amistad con Jan.
El Largo se sorprenderá.
Solían vivir cerca el uno del otro y Jan era una buena persona.
El Largo también lo quería mucho.
Estuvo fuera unos treinta años y no conoció la riqueza allá.
Pero Jan sabe trabajar.
Están hablando todo el día.
Los pocos florines que Jan trajo no significan mucho.
Allá donde su familia se quedarán con los ojos cuadrados.
Crisje ve que Jan tiene algo en el cuello que no tiene muy buen aspecto.
Un tumor con un pequeño y sucio borde rojo que le dice todo y del que bien prevé ante qué problemas la puede poner.
Pero ella no le dice nada.
Alrededor de las doce Jan va a visitar a su familia.
Cuando un poco después estira las manos alegre y felizmente, saben que Jan está en la misma situación que el gallo de la tía Trui, y además delgado como un palillo, y que ni siquiera sirve para hacer sopa.
Así que sus miradas no tardan en echarlo de la casa.
El bueno de Jan se siente fatal, pero todavía están Crisje y también el Largo; esos amigos no lo dejan a su suerte.
Una hora más tarde, Jan está otra vez donde Crisje en la cocina.
—Ya me lo imaginaba, Jan.
Allí no te quieren, pero no importa, que lo sepas.
¿Puedes dejar de llorar ahora, Jan?
—Sí, Crisje, pero es tan terrible, fue un golpe tan duro.
No lo esperaba de mis hermanos.
—Esas son habas contadas, Jan.
Quieren dinero.
Y entiéndelo bien, les sobran preocupaciones.
Pero son bien persignados.
Ahora Jan también lo sabe, pero fue un golpe bajo contra su vida.
¡Nunca se lo habrían imaginado sus papás!
Se retorcerían en la tumba.
Crisje sabe que eran buenas personas.
Jan no para de llorar, está paralizado.
No pensaba que la gente, incluso su propia familia, podría ser tan dura.
Para tanta gente ha entregado su vida y ahora esto.
Ahora tu familia te echa a patadas, no para de hablar de ello y sigue llorando, tanto le afectó.
No, Jan, allí no te necesitan, sobre todo cuando vieron que en el cuello traías una cosa repugnante de esas.
Adiós, Jan.
Búscate la vida.
Crisje comprende todo, aunque allí no quieren comprender nada, y eso también es muy humano, pero ella no deja solo a su amigo.
—Si no hubieras sido tan buena persona, Jan, entonces yo tampoco habría sabido qué hacer.
¿Ya puedes terminar con ese llanto?
Nuestro Señor sabe muy bien lo que has hecho para “ÉL”.
Y siempre estuviste allí para ayudar a la gente, ¿cierto o no?
—¡Sí, Crisje!
Los chicos llegan a casa con un cubo lleno de bayas.
¿Sigue allí ese hombre?
‘Pues sí, pero enseguida llegará papá’, piensa Bernard, ‘y entonces ese tipo se va a la calle’.
Vaya hombretones, ¿verdad, Jan?
Crisje abraza efusivamente a los muchachos, se esforzaron.
Pero entonces primero quieren saber:
—¿Se va a quedar aquí, mamá?
—Primero tengo que hablar con papá de eso, Bernard.
—¿Dónde tiene que dormir entonces, mamá?
—Si hace falta, Bernard, ya fabricaremos algo.
Bernard no se conforma así, sin más.
Los tipos extraños en casa no son cosa buena.
Meten demasiado la cuchara y entonces habrá perdido su libertad.
Johan y Jeus bien quieren hablar con ese hombre un momento.
Y Jan les habla de Indonesia, de la jungla y de Batavia, y según Johan es cierto.
Aprendió mucho sobre esta ciudad en la escuela.
Pero ¿tienen que trabajar para semejante tipejo?
¿Tienen que trabajar para semejante mono?
¡Porque sí que es un mono!
‘¿Por qué ese hombre no va adonde su propia familia?’, piensa Bernard.
‘¿Se ha vuelto loca de remate mamá?’.
—¿Dónde está Indonesia? —pregunta Jeus para iniciar su conversación.
—Pues primero vas en barco, Jeus, y te toma semanas llegar.
Tan lejos queda.
—¿Con un barco de esos grandes, Jan?
—Sí, Jeus.
—¿Y lleva mucha gente, Jan?
—Sin duda, hasta mil personas, Jeus.
—¿Dónde aprendiste a hablar así, Jan?
No es dialecto, ¿no?
—No, Jeus, es holandés.
—Entonces ¿ya no sabes hablar dialecto, Jan?
—Se me ha olvidado un poco, Jeus, pero ya volverá.
—Y más te vale —interviene Bernard, y que Jan se las apañe con eso.
A Jan le da risa.
Ya sabe que Bernard tiene un carácter particular y Jan sabe muy bien cómo tratarlo.
Jan ha visto y aprendido muchísimo en el mundo.
Jeus vuelve a preguntar:
—¿Allí no hay invierno, Jan?
—No, Jeus.
—Entonces tampoco me gustaría estar allí.
Quiero patinar sobre el hielo.
Pero ¿te divertiste allí, Jan?
—Bueno, depende, Jeus, la vida allí es dura.
Allí nada se te da de obsequio.
—¿Qué es eso, Jan, “de obsequio”?
—Quiere decir, Jeus, que allí por todo tienes que trabajar duro.
—¿Y aquí no es cierto eso? —le replica Bernard, lo que a su vez le da risa a Jan: el chico le cae bastante bien.
Crisje le guiña el ojo a Bernard.
Jeus y Johan quieren que Jan les cuente todo.
Bernard avisa:
—¿Por qué quieres saber todo de ese tipo? Verás que ya no podremos sacarlo de la casa.
Otra vez las palabras certeras de Bernard le dan risa a Jan.
Ese niño lucha por su familia.
Pero entonces, de pronto el Largo está en la cocina.
Ahora sí que Bernard quiere ver lo que papá piensa de todo esto.
Pero Bernard oye que el Largo grita incluso más fuerte de lo que hizo Crisje, y no puede comprenderlo.
—¡No me digas!
¿Estás de vuelta, Jan?
—Sí, Hendrik.
Ahora le cuenta su historia a Hendrik, y después este dice.
—Ven, Jan, vamos arriba a fabricarte algo.
Ahora los chicos ya lo saben.
Miran cómo lo hacen papá y Jan, y saben que alguien más se sentará en su mesa; un viejo simio, para colmo.
Un poco después ven que sus padres y Jan se toman un trago todos juntos, ahora esto ya no tiene remedio.
Ven a un adulto llorando como un niño pequeño, y eso sin duda dice algo.
Después de la cena, están maravillosamente juntos en el jardín frente a la casa, y Jan cuenta.
Los chicos se entretienen por allí.
Jan tiene la palabra.
—Te lo juro, Hendrik, no vuelvo a pisar esa casa.
Prefiero morir.

Crisje ve que cuando Jan habla, también lo hace el tumor que tiene en el cuello.
Esa cosa ya tiene algo que contar.
Ahora que el Largo quiere saber qué cosa es, Crisje toma la palabra, y el Largo entiende que ahora no debe mencionarlo.
Pero cuando todos están dormidos, pone al Largo al corriente.
Sí, Hendrik, es un tumor asqueroso.
Nos lleva al terrible cáncer.
—Pero Cris, sabes que Jan me cae bien.
¿Qué piensas de los niños?
¿No es peligroso?
—No es nada peligroso, Hendrik.
Y todavía no estamos allí.
—Pero cuando reviente esa cosa, ¿entonces qué, Cris?
—Entonces ya veremos, Hendrik.
Y nada de lo que hagamos por amor, Hendrik, puede traernos líos.
—Eso es cierto, Cris.
El Largo se resigna, sigue a Crisje.
La amistad existe para ellos.
Todavía no han olvidado a su amigo.
Jan está aquí y aquí se quedará.
Jan puede y quiere trabajar.
La mañana siguiente, está en el bosque con los chicos.
Ahora todo el vecindario conoce la historia de Jan Kniep.
Se comadrea, se habla un tiempo de un escándalo, pero entonces también esto pertenece a lo cotidiano y se olvida.
Jan no mira a esas personas, se calla.
Gracias a su personalidad cordial, se gana el corazón de los chicos.
Uno por uno lo van conociendo.
En tres semanas, Jan ya se ha hecho imprescindible.
Los chicos se dan cuenta de que es un estuche de monerías.
Se encarga de la leña, se ha convertido en la mano derecha de Crisje y a todos los chicos les cae bien.
Ahora Bernard les habla a los niños de la familia de Jan:
—Estaría bien volver a tenerlo en casa, ¿verdad?
Pero no lo vendemos ni por todo el dinero del mundo, eso es seguro.
Escucha bien, es lo que dice Bernard.
Chincha a esos niños: Bernard siente ahora que allí no saben qué persona tan fina echaron a la calle, tan bueno que es Jan, y tan amigo de los chicos de Crisje.
Nunca han estado así de bien juntos.
El monstruo moreno ya no es un monstruo; Jan se ha convertido en uno de los de la Grintweg.
Los chicos están empezando a tener un respeto sagrado por él.
Ahora Bernard dice:
—Si no lo hubiéramos tenido, nada bueno sería de nosotros, ¿qué deberíamos hacer entonces?
Sin prisa pero sin pausas, Jan vuelve a recuperar sus raíces de la raza blanca (véase rulof.org/es/no-existen-las-razas).
Ha vencido todos estos corazones.
Se ha convertido en su hermano mayor.
Y aprenden de todo de él.
Mira cómo come y bebe Jan.
Siempre es con apetito: si no tienes hambre y ves a Jan comiendo, te entra por sí sola.
Bernard sabe que no tiene dinero, pero eso no dice nada.
Jan no conoce el cansancio, nada le es demasiado y a diario dice que se siente tan feliz como un rey, pero entonces uno que vive en el paraíso, porque incluso los reyes suelen tener preocupaciones.
Aquí hay gente que gracias a una amistad sagrada ha alcanzado la unión.
Y cuando esa llegó, la amistad se convirtió en amor universal, porque eso se puede ver y vivir.
Según Bernard, para Jan el suelo que pisa se ha vuelto demasiado duro ahora.
Hay que oír a Bernard cuando repasa con Jan las cosas del día.
‘Santo cielo’, piensa Crisje, ‘qué buen crío es Bernard, y cómo sabe pensar’.
Ciertamente es diferente que Jeus, pero Bernard conoce la vida y Jan come ricas manzanas y deliciosos albaricoques de Bernard y ¡con la sensación de que son de Nuestro Señor!
Porque Jan es tan bueno y sabe entender todo a la primera.
Y entonces Jan llora.
Bernard preguntó asombrado:
—Pero eso no es para llorar, ¿no, Jan?
—Eres tan bueno conmigo, Bernard, ¿entonces no puedo llorar un poco?
Y alguien así está frente a un muchacho de casi diez años.
Jan pasó los cincuenta hace tiempo, pero aquí se siente como un niño y por eso se entienden tan bien.
Con Jan viven en un paraíso, pero es él quien abrió la gran puerta y conoce allí parajes que Bernard todavía desconocía, y también esas glorias las comentan juntos.
Pero el cuello de Jan se fue hinchando cada vez más, también Bernard ve que esa cosa se va haciendo peligrosa.
El Largo y Crisje se preparan, porque en el momento menos esperado estarán ante un montón de problemas.
Y así, una mañana esa cosa reventó y entonces Crisje oyó a los chicos gritando:
—Mamá, ven a ver, rápido, Jan está sangrando como un cerdo.
Crisje se asusta.
Vendan a Jan y tiene que venir un médico.
Vio que el tumor de Jan puede ser peligroso para los chicos.
Jan tiene que ir a la ciudad de Arnhem, tal vez puedan operarlo allí, quizá no vuelva nunca, chicos.
Pero mamá, eso no puede ser cierto, ¿verdad?
¿Cómo van a quedarse allí a Jan para siempre?
Jan se va a Arnhem, pero vuelve: la operación no es posible.
Crisje no quiere perder a Jan por nada en el mundo, recibe en casa pedidos de grandes cantidades de vendas y ella ya lo ayudará.
El médico tampoco puede hacer nada más.
Pero ¡ninguno de ellos quiere perder a Jan el colono!
Vuelve a dormir arriba en el ático.
Crisje lo cuida, no hay fuerza humana que saque a Jan de este entorno.
Al médico, que de vez en cuando viene a verlo, no le apetece nada ensuciarse las manos; para él, ese tumor es como un pantano apestoso, le puede contagiar a uno un montón de cosas y el erudito no tiene ganas algunas de eso.
Crisje ve que esa enfermedad le da asco al hombre.
Pero eso ya se arreglará.
Comenta con Jan la personalidad del médico y ambos saben exactamente cuánta sensibilidad hay en esa vida para el trabajo de Nuestro Señor.
¡Ese hombre no comprende nada de eso!
No tiene amor por esto.
¿Acaso son esas las personas que se abren a la humanidad que sufre, Jan?
—No, Jan.
Son charlatanes —dice Crisje.
Y todavía le asegura a Jan:
—Ya se lo haré pagar.
Una mañana, el médico pasa para echar un vistazo.
Tiene curiosidad por saber cómo está Jan.
En ese momento, Crisje está precisamente ocupada con Jan, y anoche habló con Nuestro Señor, pero él no lo sabe.
Crisje es fuerte como una montaña, lleva dentro de sí una ciencia que haría temblar y tiritar al erudito y a Jan si lo supieran, pero eso es para luego.
El médico lleva un hermoso traje gris a rayas, y Crisje quiere echar a perder rápidamente ese mismo traje: ya le enseñará a ese hombre algo que lo sorprenderá como para dejarlo patitieso.
Cuando saca el tapón de algodón de repente, la sangre salpica por todos lados.
¿No quiere echar un vistazo el señor doctor?
Crisje lo invita a que se acerque un poquito más, entonces el señor podrá verlo mejor.
El buen hombre cae en la trampa: se acerca, pero al mismo tiempo Crisje saca el tapón de algodón del agujero y, mira, la sangre vital de una persona salpica directamente a chorros ese fino traje rayado del señor doctor.
—Qué pena, señor doctor, qué pena tan grande, pero no sabía que esta mañana tuviera tanta fuerza.
El hombre quiere decir algo, está furioso, pero reflexiona brevemente y toma una decisión.
Crisje y Jan ven que tiene la cabeza roja como el fuego y saben lo que esto significa, tan tontos no son.
—No pasa nada, Crisje, no se preocupe por mí, ya es lo suficientemente grave.
Lo entiendo, Crisje.
Exactamente lo que necesitaba, Crisje, ya tuvo su merecido.
Crisje piensa, ‘Qué pronto sabe inclinar la cabeza’, pero ese hermoso traje ya no vale un centavo.
Ahora hablan, la persona está entrando en razón, lo estás presenciando desde la primera fila.
Sin darse cuenta, el señor doctor se ha convertido en una pequeña parte de Jan y Crisje, pero es mucho más sencillo, ahora ya no puede soltarse de eso, ese maldito agujero en la garganta de Jan le tiene algo que decir a él también.
Y entonces es Crisje quien lo pone frente a los hechos y que tiene algo que dar a su vida.
—¿Me deja decirle algo, doctor?
—Dígame, Crisje.
—Piensa que esto ya no se puede curar, ¿verdad?
—No, Crisje, estamos impotentes.
—Entonces ahora escúcheme bien, doctor.
Dentro de tres meses, habré cerrado este agujero.
—¿Qué dice, Crisje?
—¿No me entendió el señor doctor?
Entonces se lo vuelvo a decir.
En tres meses, habré cerrado este agujero.
—No es posible, Crisje.
Quiero verlo.
El hombre se encoge de hombros.
Jan le pregunta a Crisje:
—¿Lo dijiste en serio, Crisje?
—Sí, Jan, ¿pensabas que yo decía mentiras?
—Claro que no, Crisje, ¿pero?
—Lo entiendo, Jan.
Me lo puedo imaginar.
Pero dentro de tres meses, este agujero habrá cerrado.
Jan se siente feliz y se entrega por completo a Crisje.
Anoche, Crisje volvió a soñar.
Nuestro Señor estuvo con ella y dijo:
—Crisje, estás preocupada.
Cavilas sobre Jan.
Escuché tus oraciones.
Así que aquí estoy.
Manda a los chicos adonde Hosman por las mismas medicinas, sanarán momentáneamente el cuello de Jan.
Pero no será por mucho tiempo, Crisje.
Lo sabes, entonces ya no habrá nada que hacer, ¡nada!
Y luego Crisje todavía le dijo a Nuestro Señor:
—¿Conoces a Jan, Señor Nuestro?
—Claro, Crisje, ¿pensabas que no lo conocía?
—Qué feliz me haces, Señor Nuestro.
—Lo sé, Crisje, pero Jan se lo ha ganado.
Jan vuelve a preguntar:
—¿Lo dices en serio, Crisje?
—Escucha, por favor, Jan.
Nuestro Señor me dio este conocimiento.
Ahora no te enfades.
Puedo cerrar este agujero, pero si vuelve a empezar a sangrar, Jan, ya no podré hacer nada más.
Pero te quedan todavía unos años de vida.
Y luego tendrás que morir por este mismo agujero, Jan.
Jan puede procesar todo esto.
No es un pobre desgraciado.
Si aún le quedan unos años de vida, todavía pasarán un buen rato.
Y se lo dice a Crisje.
—Contigo puedo hablar, Jan, no eres un miedica.
—Nunca lo he sido, Crisje, lo sabes bien.
Desde ese momento, los chicos de Crisje están otra vez detrás de las vacas de Hosman.
Vuelven a recoger el estiércol fresco de las vacas.
Ponen la medicina en un trapito y así se pone esa sustancia ahora alrededor del delicado cuello enfermo de Jan.
Aquí, entre todos, están luchando contra el cáncer, y obviamente ¡contra La Parca!
Bernard dice:
—Para él estaría uno dispuesto a dar su propia sangre.

Jeus besa a Bernard, le encanta esa vida.
Bernard lucha como un toro por la vida de Jan.
—Claro, Bernard, ¿tú también quieres tanto a Jan?
El estiércol sucio no cura, esa medicina no debe tocar la tierra porque entonces habrá contaminación, chicos, ¿de acuerdo?
—Sí, mamá.
¡En la Grintweg están luchando contra La Parca!
Aunque a veces queden embarrados de estiércol, con un baño en el Wetering están otra vez limpios, y les merece mucho la pena.
También el Largo lucha con Crisje y los chicos por la vida de Jan.
Les tienen un respeto sagrado a las vacas de Hosman.
¿Cuál de ellas da más medicina, Bernard?
Entonces será mejor enmarcarla: ese animal tiene que ir a un museo.
Nunca más deben olvidar ese animal, hay que darle de todo a ese animal.
En el fondo, todo el vecindario está luchando por la vida de Jan, todos entienden que aquí el contrincante es La Parca, porque esa desgraciada ya está delante de la estufa, sacándole a Jan la vida de entre las costillas con la mirada.
Esa malparida va devorando la vida.
Esa bruja la va succionando hasta vaciarla.
Cuando llega de visita, más vale redactar el testamento.
Pero Jan no tiene nada que dejar.
Lo único que le queda es un poco de vida, aunque con este maldito agujero en el cuello y una Parca acechando sus últimas fuerzas.
¿No dan ganas de estrangular a ese fantoche?
Aquí entienden que esta es la lucha más bella que se ha librado jamás.
No hay cosa mejor para vivir, en esto está la diversión, su realidad le da a uno el pensar diferente y solo entonces estará realmente animado.
¿Qué se puede comprar por dinero?
¡Nada!
Aquí se le paga a Nuestro Señor con el amor más inmaculado.
Nuestro Señor también sabe que no tiene una pizca de bajeza: este amor aparece desde la circulación de la sangre y ha purificado todas las injusticias del ser humano.
Aquí es cosa de todo o nada, y el estiércol vuelve a encargarse de todo eso, que dura solo poco a pesar de lo bello y elevado.
Porque ¿qué son unos años, pues, en comparación con la eternidad humana?
Nuestro Señor sigue todo esto, porque ÉL tiene atravesada a La Parca desde hace siglos, aunque la gente todavía no lo sepa; esa asquerosa bestia tomó el trabajo de Nuestro Señor en sus propias manos y ¡ya es hora de que lo suelte!
‘¿Qué quiere hacer una muerte así de calva contra las vacas de Hosman?’, piensa Bernard.
‘¡Nada!’.
Puede dejar que su guadaña descanse un poco.
El agujero en el cuello de Jan se va haciendo más pequeño.
El agujero y ese colorcito rojo se ven mejor.
¡Y los chicos hacen caso de las órdenes de Crisje!
Una gota de la pinta vale mil florines, e incluso más.
Y es que Crisje y los chicos saben que sobran los ricos dispuestos a dar todas sus posesiones por cinco minutos de vida, pero La Parca es implacable con sus víctimas.
Pero aquí esas cosas ocurren a cambio de nada.
Crisje sabe que Nuestro Señor no está donde los ricos, por más que quisieran, y el Largo dice:

—Si pudieran comprar eso también, se comerían nuestras vidas, pero ¡no se puede!
Entonces irían comprando todas las lucecitas de los ojos humanos por su dinero, estómagos nuevos y otros corazones, otro par de piernas, pero ¡eso no se puede!
¡Gracias a Dios!
De lo contrario, ¡Jan tendría que salir de casa!
Lo matarían deliberadamente, pero ahora no se puede, porque todavía está Nuestro Señor.
Y entonces otra vez tienen al señor doctor frente a sus narices, y dice:
—Crisje, es un milagro.
Es increíble, pero lo estoy viendo.
Es urgentemente necesario que la humanidad sepa esto, Crisje: así podremos sanar a miles de personas.
¿El médico puede aceptar el estiércol de vaca?
Eso no lo llega a oír.
Es el secreto de Crisje.
No vende los asuntos sagrados de Nuestro Señor.
Y entonces —hay que ver para creer— sale de la boca del señor doctor:
—Crisje, le doy mil florines por su secreto.
Crisje y Jan se ríen de buena gana.
Qué tontos que son los eruditos.
Crisje dice con decisión:
—¡No!
—¿Por qué no, Crisje?
—¡No, doctor!
—Pero Crisje, no lo puede rechazar.
Puede ayudar a miles de personas.
¿Cuánta gente no habrá que padece cáncer?
El hombre sigue chinchando.
Crisje le pregunta:
—¿Sabe rezar, doctor?
—No sé, Crisje, pero me esfuerzo.
—¿Pues entonces, doctor?
¿No entiende entonces que si uno ha rezado toda la vida por alguien, por una sola persona, doctor, que nadie más tiene que ver con eso?
¿Lo puede entender? (—pregunta.)
El hombre no lo entiende.
Y Crisje sigue:
—Entonces déjeme que le cuente otra cosa, doctor.
¿Tiene que escuchar Nuestro Señor una oración, en este caso, suya, de usted mismo, doctor, por otra persona, pero por la que ha rezado toda su vida y que es su propio hijo?
—¿Qué significa todo esto, Crisje?
Lo pensaré.
Pero esto es para la ciencia.
No puede ocultar su secreto más tiempo, tenemos derecho a eso.
Podemos sanar a miles de personas.
Dígame, ¿con qué sanó la herida de Jan?
Ahora Jan sabe que Crisje ha rezado por él toda su vida.
Ya está llorando, pero Crisje no quiere saber nada de eso.
Y el médico se puede quedar sus mil florines, el hombre no entiende nada.
Pero él no se puede liberar de eso, día y noche sigue este imponente problema y no entiende el sentido común de Crisje.
Jan vuelve a correr como antes, se siente perfectamente, ya no le pasa nada.
Sacaron a golpes a La Parca de la casa, se alejó enojada.
Los chicos y Crisje, y también el Largo, le dieron una tremenda paliza.
Ahora La Parca está acechando a Jan, pero también este se ríe de ella en su cara.
Aquí se le manda a La Parca... ¡a los “drudels”!
Lárgate de aquí, desgraciada, ya está bien de fastidiar a la gente.
Pero Bernard decía que La Parca... estaba delante de la estufa.
Estaba exactamente en el lugar de Jan y no había manera de quitarla de allí.
Simplemente estaba allí chupándose la vida de Jan.
A esa malparida no se le antojaba el café, tiraba al cenicero los licores del Largo.
Se veía perfectamente, te corroía la vida y podías oler su hedor.
Durante todos esos meses, todos juntos vivíamos en una cripta.
Y luego, solo Bernard lo vio, nadie más se dio cuenta, por rabia La Parca se llevó a otro a rastras, y fue el pequeño Gerrit de las Colinas, a cierta distancia de este vecindario.
Todo por rabia y por su terrible ira, pero ¡que se pudra La Parca!
Bernard dijo muchas otras cosas y les dio risa:

—A ese le arrojé la caca de vaca en la jeta, mamá, salió corriendo bien cegado, y ahora por equivocación se agarró a otro.
Verás, ahora La Parca quedó ciega a fuerza de tantos golpes, por lo menos ciega para Jan, y eso gracias a las mejores vacas de Hosman.
Y esa canalla no había contado con eso.
No pudo con los niños y Crisje.
Ahora puede ir a por la gente de la ciudad.
Aquí se han deshecho de ella por ahora.
En (la región) Achterhoek de (la provincia de) Güeldres saben combatir a La Parca.
Eso también lo oyeron.
Nuestro Señor decía una y otra vez:
—Hay que arrancarle la garganta, chicos.
A degollarla, esa malparida convirtió el amor inmaculado y el reencuentro eterno en desgraciada maldición, y con eso Yo no quiero tener nada que ver.
Esa bestia convirtió la vida eterna en la temporal, está encima de una tumba y ¡se puso “MI” corona!
Hay que golpearle la cabeza para quitarle esa cosa, chicos de madre Crisje.
Adelante, a engañarla, a sacarle los ojos.
Yo daré la sabiduría y las fuerzas para eso, ¡hay que destruir a esa asquerosa perra!
Así de enfurecido está Nuestro Señor con La Parca.
Meses después, Crisje y Jan se encuentran con el erudito.
Jan lleva la carretilla y están hablando a gusto.
Jan dice:
—Oye, Crisje, ¡mira allí!
Pero ¡mira con quién nos encontramos hoy!
Naturalmente, el médico tiene algo que decirles a Jan y Crisje.
Y estamos:
—¿Cómo va todo, Jan?
—Mire por usted mismo, doctor.
—Dios mío, cómo es posible.
Crisje, ¿todavía no puedes entender que la humanidad tiene que conocer tu secreto?
Pienso día y noche, y ya no puedo dormir, Crisje.
—Entonces el señor doctor debería haber pasado por casa un momento.
—¿Puedo saberlo, Crisje?
—Claro.
¿Será que no entiende, doctor, que Nuestro Señor no puede escuchar a bandidos?
—¿Qué significa eso, Crisje?
—Pues es bastante lógico, doctor.
Estas fuerzas no funcionan para incendiarios ni estafadores ni bandidos.
Pero eso no lo puede entender, ¿verdad?
También hay personas buenas en el mundo.
Pero ya le dije, doctor: estos viacrucis eran solo para Jan.
Recé miles, doctor, por Jan, y también por todas esas otras personas.
Si quieren rezar, doctor, entonces Nuestro Señor podrá ayudarlas también a ellas, y también valdrá la caca de vaca.
—¿Quiere decir, Crisje, que sanó a Jan con estiércol de vaca?
—Sí, doctor, pero además con aquello otro, solo así funciona.
—¿Y eso es, Crisje?
—Eso “no” es, señor doctor, pero significa que Nuestro Señor no se deja tomar el pelo por aquellos otros.
Cuando la gente se condena eternamente a sí misma, doctor, Nuestro Señor tampoco puede ayudar ya.
Y por eso tampoco le sirve nada esa caca de vaca.
¿Es duro, doctor?
—Crisje, cómo debo agradecerle esta lección —sale de los labios de esta persona, pero Jan y Crisje ya no lo oyen.
Mejorará su vida; sabe que, a través de la oración y la confianza espacial, Nuestro Señor habla a la vida y al ser de uno, y hace cálculos.
Purifica el tiempo que todavía se le dé a uno por vivir o un erudito echa a perder lo último de todo y entonces uno se va al ataúd antes de tiempo.
¡Y eso también La Parca lo sabe!
Aquí se le ha puesto una traba.
Uno tiene que inclinarse ante Nuestro Señor y si no puede hacerlo, ¡entonces nada funcionará!
Pero no hay borracho ni ladrón que sea sometido a esta interrogación.
Y para ellos no hay cura, ahora el estiércol no funciona porque la vida interior vive en disarmonía respecto de estos jugos vitales inmaculados, de la presión sanguínea de las vacas pintas de Hosman.
¿Es tan descabellado todo esto, doctor?
No se le puede ayudar a un borracho por las oraciones.
Y quien esté enfermo de cáncer o algo más tiene que rezar, y solo así se le mandará su propia medicina y entonces ¡esa es para uno mismo!, dice Crisje.
Ella tampoco sabe cómo será esa medicina, pero ¡la recibirás!
¡Purifíquense ustedes mismos, enfermos!
¡Y la mayoría de las veces no hace falta un médico para eso!
Si uno necesita un hombre de esos, Nuestro Señor se lo manda.
El resto es ciego e insensible, y no tiene nada que ver con esto: tiene que vivir su propio mundo.
Sí, doctor, se rezó por Jan durante treinta años.
¡El estiércol de vaca no funciona para todos!
Pero ¡“en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” puede sanar todo!
Aunque cuando hay que morir, uno está impotente, doctor, aquí lo saben.
Pero pese a ello ha llegado vida nueva y ahora se disfruta cada segundo.
Cuando esa cosa se vuelva a abrir, aquí se entregarán por completo y ya tampoco necesitarán las vacas de Hosman.
Mil padrenuestros, doctor, y esas diez mil veces hacia arriba, ese golpeteo resuena en los oídos de Nuestro Señor y Sus ángeles, y por eso darían cualquier cosa.
Jeus se lo contará a la gente, pero ya lo sabemos: entonces también a él lo echarán del escenario a patadas.
El ser humano no quiere rezar, rompió las amarras divinas, ¡perdió su entrega paradisiaca e inmaculada!
Pero la Montferlandseweg y también la Zwartekolkseweg son senderos vitales donde uno puede pensar en estas cosas, y además recibirlas de Nuestro Señor.
Crisje sabe que todo sería diferente si la gente tan solo amara.
Para las señoras en Montferland es fácil decirlo, tienen todo, pero ¿qué significa eso cuando uno empieza a sentir lo que ellas viven y poseen aquí?
La tranquilidad de allí no vale un centavo.
Si uno no tiene la tranquilidad por dentro, tampoco la va a sentir en Montferland.
Y por eso: hay que mirar como uno mismo quiera, hay que reflexionar: si uno piensa que hace falta tranquilidad para la salud, hay que tomarla, pero Crisje sabe que si las cosas no están bien por dentro, uno regresará impasible de todos modos, pues La Parca sabe exactamente dónde está uno, y ahora uno carece de los sentimientos para engañarla.
Bernard sabe echarle un chorro a La Parca justo en los ojos, pero para eso hace falta destreza.
Y solo se aprende si amas a Jan, o tu Frans, señora, tal vez tu Raimond o tu Peter, no importa, siempre que se ame.
Ellos fueron capaces, pero el ser humano no olfatea lo suficiente, ¡todo le da asco!
Pero qué bella y milagrosa es la vida.
Claro, si uno la entiende, de lo contrario ¡no es nada!
El Largo todavía le preguntó a Crisje:

—¿De verdad volviste a hablar con Nuestro Señor, Cris?
—Sí, Hendrik, ¿alguna vez me has oído decir una mentira, o qué?
—No, claro que no.
Pero no es cualquier cosa, Cris.
—No es tan peligroso, Hendrik.
Tú también puedes hacerlo.
Pero porque todavía no eres capaz de hacerlo, Hendrik, siento muy bien lo que tú quieres saber, no me habrían servido de nada esos mil florines, ¿no es cierto, Hendrik?
El Largo sabe: tampoco para él funciona el estiércol, y sin duda significa algo para él, pero lo admite sin respingar.
Y luego todavía dijo:
—¡Ya me gustaría a mí también cruzar una mirada con Él, Cris!
Eso le dio risa a Crisje.
Ese Largo.
—Pero falta algún tiempo, Hendrik —le contesta, y el Largo lo entiende.
Mientras toman café, se cuentan los problemas más difíciles, y para colmo se esclarecen.
Pero Trui pensaba que seguramente habría bastado un pedazo de regaliz para sanar a Jan.
No se acordó, pero el hígado de un gallo, uno que se haya desplumado vivo, es un remedio aún mejor, pero esa medicina solo la usa para ella misma.
Bien que cansa este fastidio.
Advirtió a Crisje.
Eso se va a convertir en todo un hospital y a ella ya no la volverán a ver por allí.
Y eso también lo comprendieron desde hace tiempo Jan y Crisje, el Largo y los chicos.
La tía Trui le tiene miedo a Jan Kniep, mejor que se hubiera quedado en Indonesia.
Qué vergüenza, por Dios.
Tendrían que expulsar a ese hombre del pueblo.
Contagia a barrios enteros y echa a perder todo el ambiente aquí.
La gente es persistente, pero Trui solo lo nota en los demás, ella misma lleva puesta su corona.
Pero aun así, también la crema dulce de bayas de saúco sana y casi todo lo que haya florecido un poco y que le pertenezca a la Madre Naturaleza, ¡todo puede sanarlo a uno!
¡Toda enfermedad tiene alguna hierba como remedio!
¡Crisje lo sabe!
Lo ve y eso no se lo quita nadie en absoluto, pero entonces también ella mira con sus ojos interiores la vida en la materia y es exactamente lo que también sabe hacer Jeus.
Es por eso que se entienden tan bien.
Lo saben, más adelante La Parca volverá para llevarse a Jan.
Jan no tiene miedo, ¡solo ahora está disfrutando plenamente cada segundo!
Puede decir: ¿Estás allí, querida?
¡Estoy listo!
¡Hola, bella muerte!
Pero te voy a quitar la corona de la cabeza.
¡Tragona hipócrita!
¿Será que nunca te sacias?
Crisje y Jeus le van arrancando las perlitas, las más bellas de su gorra, y enseguida le hacen un hermoso collar a Miets; esta también tiene que tener algo, algo significativo, y ¡para eso son las perlitas de La Parca!
Ahora puede llegar Miets, su camita también está lista, pero en el ático ya viven cuatro, son Johan, Bernard, Jeus y Jan, a los dos siguientes les dieron la cama empotrada y Miets y el otro que todavía tiene que llegar duermen donde papá y mamá.
Nuestro Señor ve que aquí tienen todo calculado, no les sorprenderá nada y ¡eso lo tienen que aprender todos SUS hijos!
¡Adiós Señor Nuestro!
¡Aquí nadie se queja!